Zona fronteriza

Una vía donde la verja es vista con recelo por sus habitantes

  • Este camino polvoriento y pedregoso, llamado Carretera Internacional, sirve en muchos tramos de marca divisoria entre Haití y República Dominicana, por lo que Diario Libre lo recorrió como parte del trayecto fronterizo entre ambas naciones
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Panorama de la escarpada Carretera Internacional, que separa Haití y República Dominicana.

Metida entre las montañas que separan las provincias de Dajabón y Elías Piña, está la Carretera Internacional, un camino de tierra y piedra cuyo nombre es esencialmente pretencioso, porque de carretera estos 48.3 kilómetros tienen muy poco.

Su tramo sur inicia en el poblado dominicano de Pedro Santana, al pie del río Artibonito, donde un hermoso balneario -en el cual locales y soldados apostados en un cuartel fronterizo allí, se bañan a diario- da la bienvenida a quienes se atreven a lanzarse a esta peligrosa travesía, marcada por la soledad, los montes secos, los precipicios, uno que otro puesto militar dominicano y algunos pueblos haitianos.

Por esta ruta, que discurre por la línea fronteriza, pululan motores montados por militares o nacionales haitianos, algunos camiones cargados con mercancía, vehículos oficiales o de oenegés y gente a pie, entre ellos niños, muchos niños.

Los pocos pueblos visibles que hay en este dantesco camino son haitianos. Están llenos de esa miseria que caracteriza al país más pobre de América y al que menos recursos tiene de los dos que forman La Española. Contadas casas de bloques y cemento se ven en el panorama. La mayoría son de madera, algunas de barro y es inevitable preguntarse a qué se dedica esta gente.

En un momento del viaje, Diario Libre se cruza con una mujer adulta y una adolescente. No hablan español. Caminan por la ruta bajo el sol de mediodía con rumbo desconocido. En un punto salen y se internan en las montañas, sin quedar claro su destino, pues por allí el único rastro de civilización es un viejo letrero de Ron Brugal que anuncia que restan 50 kilómetros para llegar al centro de Restauración, poblado ubicado en Dajabón.

Fuera de unos pocos puestos militares dominicanos, el control de esta carretera es eminentemente de civiles haitianos. En los pueblos las escuelas están abiertas y los residentes cruzan entre un lado y otro de la que se supone es la frontera sin mayores problemas. Por estos lares no hay guardafronteras o militares que intervengan con los habitantes.

En el pueblito haitiano de Los Algodones está enclavada la marca de frontera número 75. Allí los residentes se pasan de un lado al otro como si no existiera una delimitación, pues lo recóndito del lugar borra cualquier rastro del límite binacional. En una zona como esta, en teoría, la verja podría ser levantada, y los haitianos no lo ven con buenos ojos.

“Yo no quiero eso, yo quiero a los dominicanos y haitianos juntos. No robarnos, que seamos una familia. Si necesito un dominicano, que venga, y que si un dominicano necesita un haitiano, nos unamos. No hace falta una verja, porque cada uno necesita a otro”, dice a Diario Libre el anciano Constan Orestil.

“El presidente dominicano debe entender que los haitianos que tienen papeles votan y votarán por él si hace cosas buenas. También hay haitianos que votan en Haití y el presidente haitiano no va a perjudicar a los dominicanos, porque no votan por él. Nosotros vivimos en paz en la frontera y quisiera que siga así”, agrega el hombre, con un rostro curtido por el sol y los años.

A los haitianos residentes aquí les es inconcebible que sus vecinos dominicanos pretendan construir una cerca que les limite el paso al bosque en el que juegan los niños. “Haitianos y dominicanos son vecinos y uno vive de otro, por eso para mí no queremos eso de la verja. En esta frontera los dominicanos y haitianos tenemos buena relación, ellos vienen acá a buscar cosas y nosotros allá”, afirma el profesor Delonés Devilnor sobre la idea del presidente Luis Abinader.

En el poblado de Tirolí, donde hay actividad comercial regular y los días de mercado el paso por la Carretera Internacional se complica, la visión de los propios dominicanos de que pase por allí una verja que separe ambos países no es bienvenida.

“¡Qué verja perimetral ni verja perimetral!... Ellos nos dan comida a nosotros y nosotros le compramos comida a ellos. Esto es un negocio binacional, es una sola isla. Ellos no son animales, son humanos también. Es un país pobre y a nosotros nos toca ayudarlos. El comercio tiene que seguir y no hay verja que pare eso. El socio principal de República Dominicana es Haití”, dice Daniel, un comerciante dominicano que opera en Tirolí con una pistola cargada amarrada a la cintura.

Pedro Luis Blanco Sosa, un dominicano de 32 años que también vive del comercio con sus contrapartes haitianos en este pueblo, ve el proyecto divisorio con recelo. “Me la busco con los negros, comerciando y jodiendo. Será difícil que hagan la verja, porque somos muchos los dominicanos que nos la buscamos con los negros en la frontera ¿No pueden ponernos esto más fácil?”, declara a Diario Libre.

A unos kilómetros de allí, acaba la Carretera Internacional, que convertida en una vía exclusiva dominicana, indica el camino hacia Dajabón, el corazón del comercio fronterizo en el norte de La Española.

Peligrosa carrera para pedir cinco pesos

En la Carretera Internacional se ven muchos niños. Algunos de ellos van o vienen de la escuela y otros corren descalzos detrás de los pocos vehículos que pasan, pidiendo cinco pesos dominicanos en un español marcado por su acento creol. Es un juego peligroso, pues se acercan demasiado a los transportes o a los riscos, gritan sin parar “¡cinco pesos, cinco pesos!” o una frase en creol que suena “¡hue, hue, hue”, sucios por el polvo y sin que sus pies sientan las filosas piedras que abundan en el camino.

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