Cumplimiento aparente

Las marcas en el suelo actuaban como los peldaños de una escalera. Para llegar al final había que ir pasando de una línea a la siguiente, hasta llegar a la caja para pagar por los productos contenidos en el carrito de compras. La propia caja estaba protegida por una división plástica, a fin de impedir que el virus transitara en cualquiera de las dos direcciones. Dispositivos con sustancias limpiadoras estaban colocados para su libre uso por los clientes, sin perjuicio de que un diligente empleado anduviese con un frasco rociando las manos de quienes le pasaran cerca. Nadie entraba en el establecimiento sin tener su mascarilla puesta, tarea ejercida con tanto celo como la de impedir que alguien saliera con artículos por los que no había pagado.

Todo eso ocurría al frente del local, donde estaban las cajas, los limpiadores y los vigilantes. Más al interior, en los pasillos y espacios de exhibición, el panorama era diferente. Los clientes se agolpaban y los carritos se atascaban, sin orden ni distancia. Personas tocaban y sostenían en sus manos los productos, y en muchos casos volvían a ponerlos en las estanterías, de donde a renglón seguido eran tomados por otros clientes que hacían lo mismo. Ofertas y muestras gratis funcionaban como imanes atrayendo objetos de metal, nadie queriendo pasar por alto alguna ganga o perderse algo regalado. Potenciales adquirientes que nunca se habían visto antes intercambiaban consejos y opiniones sobre usos y calidades, señalando detalles y modos de operación. Los amigos, por su parte, festejaban su encuentro casual en el lugar con efusivos saludos, risas y abrazos. La estricta separación aplicada en las cajas se esfumaba en la puerta, en la que una enorme aglomeración fue provocada por una lluvia inesperada.

Será por el temperamento caribeño, por un optimismo desbordante, o por alguna indisciplina innata, pero no es fácil aquí pasar del cumplimiento aparente al real para detener los contagios.

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