Ofensiva redituable

Abundan señales de que la pandemia está lejos de haber sido controlada. En los lugares más inesperados ocurren brotes que obligan a tomar medidas de emergencia. Restricciones suprimidas o flexibilizadas han tenido que ser restablecidas. Y se hace cada vez más evidente que ningún país está seguro mientras haya otros en los que el virus se sigue propagando. La escasez de vacunas ha sido un gran obstáculo para detener los contagios, pero pronto la disponibilidad será mucho mayor. La limitación vendrá entonces por el lado del costo de los programas de pruebas e inoculaciones, y del seguimiento de los casos comprobados.

Ese traslado de la limitación desde la escasez de productos a la escasez de dinero coloca la batalla en el terreno de la economía. Y para ganarla no hay nada mejor que presentarla como una operación extraordinariamente rentable.

El FMI ha hecho los cálculos. Dice que invertir 50 mil millones de dólares desde ahora hasta mediados del año próximo, haría posible incrementar en 9 billones de dólares el nivel de la economía global para el 2025, un retorno verdaderamente fabuloso. Con esa inversión se estima que el 40% de la población mundial estaría vacunada al final del 2021 y el 60% seis meses después.

Sucede, no obstante, que aunque deseen hacerlo, muchos países pobres no tendrían los recursos necesarios para invertir las sumas que les corresponderían. Por esa razón, el FMI propone que de los 50 mil millones, las naciones ricas aporten 35 y que los restantes 15 sean financiados por bancos multilaterales de desarrollo. Y para convencer a los países avanzados de que les conviene aportar ese dinero, el FMI añade que ellos obtendrían el 40% del aumento en el PIB global y recaudarían un millón de millones dólares en impuestos adicionales.

Vista de ese modo, la ofensiva contra el virus se pagaría por sí misma, y sus beneficios serían aún más específicos y asignables que los de las inversiones para la preservación del medio ambiente.

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