Sensación de peligro

La proximidad del peligro alienta a tomar medidas para enfrentarlo. En la esfera corporativa, hemos visto numerosos casos de empresas que se sentían seguras en sus espacios de mercado. No percibían estar amenazadas por rivales, y entendían que sus productos eran bien valorados por sus clientes. Consideraron que lo mejor para ellas era continuar por el camino en que iban, pero fueron sorprendidas por la intrusión inesperada de competidores que erosionaron sus ventas, ofertando bienes y servicios más atractivos, modernos y eficaces. Su reacción fue entonces tardía, siendo incapaces en varios casos de recuperar las posiciones que anteriormente habían ocupado.

Es posible que haya ejemplos similares en las respuestas de los países al COVID-19.

Cuando pensamos en Taiwán, vislumbramos una sociedad compuesta por personas laboriosas, acostumbradas desde hace años a soportar presiones y enfrentar grandes desafíos. Su propia existencia es un testimonio al efecto. En lo que al virus concierne, atajó con energía los primeros contagios, figurando en las estadísticas como uno de los puntos luminosos de la campaña mundial en contra de la pandemia. Su éxito inicial, no obstante, contribuyó a rebajar su sensación de peligro.

Con cerca de 24 millones de habitantes, más del doble de los que nuestro país tiene, Taiwán hasta fines de mayo había vacunado a sólo un 1 % de su población. No sintió la necesidad de actuar de otro modo, pues hasta mediados de ese mes había registrado únicamente alrededor de 1,500 casos confirmados, y apenas doce muertes, una mínima fracción de los casos y fallecimientos ocurridos aquí. Por eso, mientras nuestro país se las arreglaba para conseguir vacunas donde las hubiera, e inocular a millones de personas, allá se anticipaba que lo peor ya había pasado sin requerir vacunaciones masivas.

Un agudo aumento de las víctimas ha roto esa complacencia de Taiwán, obligándola a poner en marcha un plan de vacunaciones de emergencia.

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