Tiempo oportuno

Por similitud con nuestro comportamiento, es normal que como seres humanos atribuyamos propósitos e intenciones a objetos que realmente no los tienen. Ocurre de ese modo con el virus causante de la pandemia, adversario que a veces suponemos está empeñado en matar la mayor cantidad posible de personas.

Sabemos, por supuesto, que el virus no abriga ningún propósito avieso en contra nuestra, no siendo ni siquiera un ser vivo. De hecho, si fuera un ente racional y matara de inmediato a todos los infectados, estaría actuando en contra de su propia existencia. Esto así ya que para propagarse y permanecer vigente en el medio ambiente, es necesario que haya contagiados disponibles para transmitirlo. En caso de que los afectados fallecieran tan pronto se contagian, se cerraría el mecanismo de difusión y la epidemia concluiría por falta de sujetos activos. Por esa razón, los virus más peligrosos son aquellos que poseen un alto potencial letal, pero inducen procesos infecciosos con un amplio período de tiempo para fines de contagio.

Esa lección viral acerca de la importancia de los tiempos involucrados puede trasladarse al terreno económico, pues es posible establecer paralelos con el concepto de oportunidad aplicable en el terreno empresarial. En ese ámbito es común presumir que el propósito esencial de una compañía es ganar dinero, pero aunque eso se admita como su objetivo primordial, la forma en que lo procura incide sobre los resultados que se obtienen.

A ese respecto, puede ser que la maximización de los beneficios en un ejercicio específico no sea el camino más eficiente para el desarrollo ulterior de la empresa. En particular, es significativa la disyuntiva que surge con frecuencia en cuanto a políticas de bajos precios para fines de captación de cuota de mercado, esquemas de posposición de la distribución de dividendos, y en relación con la segregación de recursos para inversiones que sólo incrementarán los beneficios en el mediano plazo.

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