Cicerón

“La verdadera armonía en una república solo puede producirse si el individuo, en lugar de sacar provecho personal de su puesto público, antepone los derechos de la comunidad a los privados”.
Marco Tulio Cicerón (fuente externa)

A la muerte de Julio César, héroe y tirano, en Roma surgen condiciones propicias para que ciudadanos como Marco Tulio Cicerón, escritor, orador, tribuno, abogado, con amplia influencia sobre la estructura del Estado, aspirara a guiar el intento de restablecimiento de la república y de las libertades.

En su interesante libro Momentos estelares de la humanidad, Stefan Zweig relata: “(Cicerón) se lanza una vez más al centro de la lucha... retoma la piedra de rayo del discurso y la arroja contra los enemigos de la república... Con sus catorce filípicas fulmina a Antonio, el usurpador, que ha negado la obediencia al Senado y al pueblo”.

A pesar de esas valientes piezas oratorias que afianzan su liderazgo, refuerzan su carisma y lo colocan como alternativa a ocupar el mando o ejercerlo en la sombra, Cicerón no es César, ni su espíritu ni su profundo apego a las libertades le permiten causar una masacre en su pueblo con tal de alcanzar el poder y disfrutarlo.

Gobernar en medio de la discordia suponía un peaje atormentador que no estaba dispuesto a pagar.

Zweig expresa con maestría el peso de esta duda: “En la historia se repite sin cesar la tragedia del hombre de espíritu que, en el momento decisivo, incómodo en su fuero interno por la responsabilidad, rara vez se convierte en un hombre de acción”.

Con pavor, ante las pasiones desatadas, se da cuenta de que “en una esfera en la que el poder equivale a la ley y en la que se fomenta más la falta de escrúpulos que la prudencia y el espíritu conciliador, él, como hombre instruido, como humanista, como garante de la justicia, ha estado desde un principio en un lugar que no le correspondía”

Ante la inevitabilidad de lo truculento brama la impotencia, se retira de la vida pública y se refugia en la campiña. Allí escribe su última obra filosófica, De Officiis, de gran relevancia, que trata sobre lo que el hombre moral, íntegro, ha de cumplir como responsabilidades indelegables ante el Estado y ante sí mismo.

Es el mensaje que quiere transmitir, primero a su hijo, pero también a su pueblo. Confiesa que “no se ha retirado de la vida pública por indiferencia, sino porque, como espíritu libre, considera que servir a una dictadura está por debajo de su dignidad y de su honor”.

Ante la pavorosa imagen de la catástrofe y la autodestrucción, reflexiona: “La verdadera armonía en una república solo puede producirse si el individuo, en lugar de sacar provecho personal de su puesto público, antepone los derechos de la comunidad a los privados. Solo si la riqueza no se despilfarra en el lujo y la disipación, sino que se administra y transforma en cultura espiritual, artística, solo si la aristocracia renuncia a su orgullo, y la plebe, en lugar de dejarse sobornar por los demagogos y de vender el Estado a un partido, exige sus derechos naturales, solo entonces puede restablecerse la república”.

Para Stefan Zweig hay un elemento que diferencia y eleva a Cicerón por encima de los demás escritores, pensadores, oradores, filósofos de aquella Roma embriagada por la grandeza de su imperio y por la imposición a los demás pueblos de su estilo de vida: “Es ese sentimiento nuevo que medio siglo antes del cristianismo se expresa aquí por vez primera: el humanitarismo... Cicerón es el primero y el único que alza la voz para protestar contra cualquier abuso de poder.”

Es bien conocido que el poder no atiende a razones cuando se le desafía. Los generales en pugna forman un triunvirato, dividen el imperio, se reparten el mando y las posesiones. A Octavio le toca África y Numidia, Antonio es recompensado con la Galia y Lépido con Hispania. Deciden arrebatar la riqueza a los más ricos para pagar la soldada.

Quedaba un punto importante por acordar, porque “quien quiera establecer una dictadura, debe ante todo hacer callar a los eternos rivales de cualquier tiranía: a los hombres independientes, a los defensores de esa inextirpable utopía que es la libertad de espíritu. El primer nombre es Cicerón. Tiene fuerza de espíritu y voluntad de independencia: hay que deshacerse de él”.

Cicerón es capturado, descabezado, víctima de las ambiciones desatadas. Profanan su cuerpo, más no pueden aniquilar los valores que representaba: la independencia de criterio ante el poder avasallante, la defensa de las libertades, el respeto a los derechos del ciudadano. Es la eclosión que conduce al sapiens por senderos que elevan el espíritu y su propia condición: el humanitarismo.

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