De cómo Balaguer alcanzó la categoría de leyenda

¿Quién se iba a imaginar, aquel día de enero de 1962 cuando Joaquín Balaguer, acorralado, se asiló en la nunciatura Apostólica de Santo Domingo que apenas cuatro años después sería elegido presidente de la República? ¿A quién se le iba a ocurrir que después del discurso de toma de posesión de Antonio Guzmán el 16 de agosto de 1978 que Joaquín Balaguer volvería a ser elegido de nuevo el 16 de mayo de 1986? ¿Qué persona sensata podía pensar que después de acortar un período constitucional en 1994 y perder las elecciones de 1996, Joaquín Balaguer mantendría su vigencia política hasta pocas horas antes de su muerte en la madrugada del 14 de julio 2002?

Sólo su habilidad política, respaldada por una suerte de jugador de póker, podría dar una explicación, todavía ilógica, a lo que significó Balaguer para los últimos 41 años de la historia dominicana. Esto sin contar la manera como pudo ocupar los cargos que desempeñó durante la “Era de Trujillo” sin caer en desgracia ni siquiera después de haber disuelto el Partido Dominicano apenas unos días después de la muerte del dictador y de haber pronunciado un discurso ante la Asamblea de las Naciones Unidas el 2 de octubre de 1961 que denunciaba la dictadura. Balaguer salvó todos los obstáculos durante los días que corrieron del 31 de mayo de 1961 hasta su salida del país en marzo de 1962. La leyenda quiere que estuviera enterado del complot que dio al traste con la vida del dictador; también le atribuye un desconocimiento de la masacre de Ramfis en la Hacienda María y de haber salvado su vida hábilmente durante los primeros días de junio de 1961.

Durante los últimos siete meses de ese histórico año hubo muertos, pero no masacre. Hubo disturbios callejeros, represión y saqueos por parte de la moribunda dictadura. Balaguer hizo el intento de destrujillizar el país sin descuidar su propia figura. No logró lo primero, pero evitó el derramamiento de sangre que tuvo lugar el 24 de abril de 1965. En enero de 1962 abandonó la Presidencia que le había regalado Trujillo y es, en ese momento, cuando nace la leyenda Joaquín Balaguer.

Si el 28 de abril de 1965, con la intervención militar norteamericana, quedó claro que los Estados Unidos no permitirían que Juan Bosch fuera repuesto en el poder, tampoco había duda de que no lo dejarían triunfar en las elecciones de junio de 1966. Balaguer, además de que era el preferido de los vecinos del Norte, se presentaba como el “candidato de la paz”, anticomunista notorio y notable y, sobre todo, representante de los sectores conservadores. A pesar de que entre las causas de la guerra civil Balaguer había aportado su grano de arena, el voto del 1 de junio de 1966 le favoreció y fue elegido presidente de la República. De candidato de la paz pasó a ser presidente de la posguerra. Y gobernó en consecuencia. Los primeros ocho años de sus tres períodos de gobiernos (dos veces reelegido sin contrincante y haciendo uso de los medios del Estado) coqueteaban con la dictadura, como lo revelan sus discursos de la época. Se desató una represión que, podría decirse, aniquiló a un movimiento de izquierda que, a pesar de los resultados de la Revolución, había salido fortalecido de los acontecimientos de abril-septiembre de 1965.

Con los resultados de las elecciones de 1978 algunos funcionarios y militares del gobierno se negaban a ceder el poder. De nuevo, como en enero de 1962, se dijo, afirmó y concluyó que, con la victoria de Antonio Guzmán, se ponía punto final a la “Era de Trujillo” y que Balaguer, como Cándido, el personaje de Voltaire, podía irse a cultivar su jardín. Nadie recordó entonces leyenda del Fénix. Balaguer, como el mitológico animal, renació de sus cenizas al ser elegido, por cuarta vez, presidente de la República en 1986.

¿Cómo se explica que Balaguer, luego de ocho años fuera del poder y además ciego, volviera a salir victorioso en las elecciones de mayo de 1986? Le favoreció la estabilidad económica que había dejado en 1978. En 1984, se devaluó oficialmente el peso. Y su principal slogan de campaña fue: “¡Esto lo hizo Balaguer!” En 1966 se recordaba de nuevo que en 1961 había rebajado el arroz y el aceite.

Habría que atribuirle a la suerte que la situación económica mundial no favoreciera al gobierno de Salvador Jorge Blanco. Tampoco que la Junta Central Electoral decidiera concederle el triunfo ante los reñidos resultados que habían arrojado las elecciones de mayo de 1986, en las que perdió Jacobo Majluta, candidato del PRD. Esa victoria, acompañada como las anteriores y la de 1990, por la sombra de una duda, terminaron de hacer de Balaguer una leyenda viva. Una suerte de mito viviente, de oráculo. A él se les atribuyen frases y opiniones cuya veracidad es imposible de probar. Imposibles de verificar porque él mismo nunca las desmintió. Durante los últimos dieciséis años de su vida, Balaguer le dio rienda suelta a la leyenda que se fue forjando a su alrededor. Su apoyo al Partido de la Liberación Dominicana en 1996 puso un telón opaco al “gobierno de los doce años”, como se registran los tres períodos de 1966 a 1978.

En 1996 comienza la nueva y última carrera de Balaguer: árbitro de la política dominicana. Murió reconocido por los partidos políticos importantes y capaz de tomar decisiones. La habilidad conjugada con la suerte, esa categoría histórica de que hablaba Marx, dieron origen a la leyenda política que es hoy Joaquín Balaguer.

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