El discreto encanto del progreso

República Dominicana

A nadie parece llamarle la atención en República Dominicana que Diario Libre, El Día, los desaparecidos El Expreso y Última Hora circularan, hace dieciocho años, de manera completamente gratuita y que, al mismo tiempo, los tres grandes cotidianos venales no hayan sufrido las consecuencias de la implantación de esos tabloides en los hábitos de los dominicanos, sin olvidar las desaparecidas Rumbo y [A]hora.

Incluyendo además la radio y la televisión de libre acceso que desde hace unos años comparten las ondas con la televisión por cable y las parábolas que alimentan los satélites que giran en torno al planeta. Habría que incluir también la naturalidad con que los dominicanos se han acostumbrado a la internet y a que todo lo que precede sea lógico que exista en un país como República Dominicana que en donde los españoles decidieron radicarse en 1493 o como diría la divisa del Ministerio de Turismo: “Allí donde todo comenzó” y que hubiera sido más explícita si se hubiera sustituido “todo” por “el nuevo mundo”.

En materia de comunicación la historia colonial de República Dominicana es asombrosa. Una colonia cuyo esplendor a principios del siglo XVI le atribuyó ser “la Atenas del Nuevo Mundo”, que fue rápidamente abandonada por la Corona española en provecho de Cuba, México y otras de tierra firme que presentaban mejores perspectivas económicas para los reyes de España. Sin embargo, a pesar del poco interés económico que representaba la colonia de Santo Domingo para España, había imprenta como consigna Emilio Rodríguez Demorizi en, citando a Isaiah Thomas, La imprenta y los primeros periódicos de Santo Domingo (Santo Domingo, Editora Taller, 1973), y asegura que la invención de Gutenberg existía en Santo Domingo desde principios del siglo XVII y que esta fue la tercera ciudad de América que tuvo lo necesario para la estampa de la palabra en letra de molde.

Rodríguez Demorizi, en su interesante trabajo, aclara que esa imprenta no funcionaba como era de esperarse y señala que las “primeras noticias, concretas, acerca de la imprenta en Santo Domingo, se deben a Moreau de Saint-Mery, quien visitó la parte española de la Isla en el año 1783. El ilustre historiador martiniqueño dice: “Hay una imprenta que apenas es empleada en la impresión de hojas, roles, estados y otras piezas del mismo género, para los diferentes ramos de la administración”.

En la imprenta de André Josef Blocquert, se imprimió en 1800 el texto más antiguo que se conoce hoy: Novena. Para implorar la protección de María Santísima, por medio de su imagen de Altagracia, y el Boletín de Santo Domingo, órgano del gobierno francés, circuló de 1807 a 1809. Con la reconquista en 1809 el más viejo asentamiento español de América cayó en un letargo cuyas actividades del espíritu no brillaron pero, según consigna el gobernador Kindelán, en 1821 había una imprenta, aunque en muy mal estado lo que no impidió que ese mismo año se publicaran El Telégrafo de Santo Domingo, dirigido por Antonio María Pineda, y El Duende, por José Núñez de Cáceres, ambos de corta duración. Durante la ocupación haitiana (1822-1844) no hay constancia de que existiera algún periódico. El primero, El Dominicano, data de 1845 y desde entonces, a pesar de los avatares de nuestra historia a partir de 1844, los periódicos, de corta duración hasta la fundación del Listín Diario en 1889, han hecho acto de presencia en todos los períodos de nuestra historia sufriendo durante las consabidas intervenciones extranjeras y las inefables dictaduras, como es de esperarse, el rigor de la censura.

Pedro Henríquez Ureña, en “La antigua sociedad patriarcal de la Antillas”, da la nota de lo que era República Dominicana y de cómo el progreso del siglo XX se fue imponiendo en el país: “Digo siempre a mis amigos que nací en el siglo XVIII. En efecto, la ciudad antillana en que nací (Santo Domingo) a fines del siglo XIX era todavía una ciudad de tipo colonial, y los únicos progresos modernos que conocía eran en su mayor parte aquellos que ya habían nacido o se habían incubado en el siglo XVIII: el tranvía de rieles, pero de tracción animal, el alumbrado de petróleo, el pararrayos, el telégrafo eléctrico; el vapor mismo, cuyo principio se descubre y cuyas primeras aplicaciones se ensayan desde fines del siglo XVIII, si bien en la navegación hay que esperar a los primeros años del siglo XIX. Sólo había, en la ciudad, una que otra industria pequeña. En el país la única industria de gran desarrollo era la azucarera; el resto de la producción provenía de una lánguida y atrasada agricultura tropical.”

El siglo XX por iniciativa del ingeniero Frank Hatton, había realizado su primera transmisión en 1926 y en 1952, se inauguró la primera planta televisora. Este acontecimiento, daba la nota de nuestro progreso en materia de comunicación. Hoy existen varias compañías de televisión por cable digital, con más de 100 canales a disposición del público sin olvidar las diferentes empresas telefónicas que se disputan las orejas de los dominicanos. Nos hemos acostumbrado al progreso que se impone a pesar de las múltiples deficiencias y de la arritmia histórica de que hablan nuestros historiadores. Lo mejor del progreso es su encantadora discreción, pues nadie piensa que hemos burlado grandes etapas para colocarnos, al menos en materia de comunicación, a la par de los países tecnológicamente más desarrollados del mundo.

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