Estados Unidos, China; Haití

Las potencias interesadas deberían ayudar a Haití a reconstituir sus fuentes de agua, reconducir las que corren en su territorio y hacer eficiente el consumo del líquido. Cada cual debe cargar su propio fardo sin tensar la cuerda del vecino hasta que se rompa.

La República Dominicana está conminada a gestionar con visión y tiento las sensibles relaciones con los Estados Unidos, China y Haití.
Las dos superpotencias compiten por ampliar áreas de influencia. Los Estados Unidos se han concentrado hacia adentro y marcado distancia con pueblos cercanos. China ha iniciado una aproximación personalizada a países lejanos.

Los Estados Unidos son nuestro principal socio en inversiones, comercio, turismo y acogen a millones de dominicanos que envían remesas sustanciales. El impacto de esos flujos no admite comparación con los de ninguna otra nación. Han sido vitales para superar la crisis económica causada por la pandemia.

China ha suministrado a la República Dominicana más de seis millones de vacunas para combatir el coronavirus, contra muy pocas provenientes de otras latitudes. Ahora se le mira con ojos más amigables. Las dosis suministradas no son donadas, sino vendidas, pero se envían sin que la población del país asiático esté completamente vacunada, lo cual revela un elemento de humanidad mezclado con el interés geopolítico.

A los Estados Unidos hay que agradecerles el apoyo solidario otorgado a través del tiempo y el relevante conjunto de acuerdos vigentes de mutuo beneficio. A China la mano que nos ha tendido para poder superar la crisis sanitaria.

La República Dominicana necesita progresar, dar trabajo digno a su población. Para lograrlo requiere incrementar sus exportaciones de bienes y servicios y crear una red de vínculos intensos con el exterior, pues en la expansión y diversificación del espectro exportable reposa la posibilidad de mejorar la existencia de todos.

Debemos trabajar para mantener relaciones fluidas de negocios y de amistad con todos los países del mundo, a sabiendas de que giramos en torno al eje de los Estados Unidos por proximidad geográfica y orientación del sistema político. Somos un pueblo que ama la libertad, decidido a fortalecer sus instituciones democráticas.

Eso sí, el tono de las relaciones con el exterior lo marca la calidez y la sintonía en el trato. Es de doble vía.

En cuanto a Haití, el pueblo dominicano evidencia un peligroso cansancio por el fardo pesado de la presencia masiva de inmigrantes haitianos. A la vista está que se sigue produciendo una invasión asfixiante cuya huella se nota en las calles, hospitales, agropecuaria, construcción, comercio, turismo, servicio doméstico, seguridad en los edificios de apartamentos.

A consecuencia de lo anterior, los atributos soberanos y la nacionalidad dominicana están amenazados. Es visible el desplazamiento de dominicanos del mercado de trabajo, la regresión en parámetros sociales, el retroceso en la cohesión social y en las buenas costumbres.

La solución es frenar en seco el flujo ilegal. Y repatriar a los haitianos sin papeles que deambulan por los campos y barrios, cincelando poco a poco la creencia de que esta tierra les pertenece.

Ahora surge el intento de desviar el río Dajabón o Masacre mediante un canal construido sin que previamente se haya avisado ni sondeado la opinión de las autoridades dominicanas. El propósito obvio es imponer intereses y manera de ser a través de hechos consumados.

¡Alerta! La memoria avisa. Situaciones de hecho llevaron en el pasado a que perdiéramos regiones y pueblos como Hincha, Las Caobas, o San José de la Angostura. Y posteriormente, en el gobierno de Trujillo, un millón de tareas en el área de La Miel, porque los haitianos fueron ocupándolas hasta que impregnaron su sello y se quedaron con ellas.

Hay demasiado en juego, hasta la posibilidad de que por falta de tacto o de experiencia se genere un conflicto violento. Este asunto no puede ponerse a cargo de comisiones técnicas. Los técnicos dominicanos deberían guardar sus opiniones hacia adentro y dejar que sean las autoridades de más alto nivel de la cancillería quienes manejen el asunto, con la visión global, el peso y la capacidad de reflexión que se les supone y las circunstancias ameritan.

El río Dajabón o Masacre brota en montañas dominicanas celosamente preservadas. Pretender usar sus aguas a criterio de los vecinos que han destruido sus propias fuentes, es ir demasiado lejos y propender a que el río se pase a pie sin mojarse los pies.

Las potencias interesadas deberían ayudar a Haití a reconstituir sus fuentes de agua, reconducir las que corren en su territorio y hacer eficiente el consumo del líquido. Cada cual debe cargar su propio fardo sin tensar la cuerda del vecino hasta que se rompa. El Estado dominicano apenas puede asumir la responsabilidad de resolver los problemas de sus ciudadanos. Es impensable que resuelva los ajenos.

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