La mujer y las revoluciones que “tienen lugar”

El camino de los derechos de las mujeres ha sido dilatado, accidentado, preñado de amenazas, de vejámenes y desconsideraciones de todo tipo.

La Gran Marcha por la Tres Causales del pasado domingo 23 de mayo es un momento estelar en la historia del reclamo de las mujeres por sus derechos en nuestro país. El más contundente discurso del evento fue el evento mismo, la presencia de miles de hombres y mujeres que, bajo el sol inclemente, asistieron desde distintos puntos del país a poner de manifiesto su determinación de continuar trabajando para que se convierta en ley su reclamo.

En un acto simbólico a mitad de su trayecto, las mujeres decidieron levantar el Campamento que durante 73 días y dos lunas, vio salir y ponerse el sol frente a la esquina noroeste del Palacio Nacional. Ya no era necesario. Y no lo era porque el reclamo que simbolizaron las carpas y sus ocupantes, hace ya mucho tiempo que dejó de estar reducido a un lugar físico para diseminarse en un sentimiento creciente que atraviesa todos los sectores sociales y políticos, en toda la geografía nacional.

Siempre fue así. Las luchas por los derechos y las conquistas de todas las libertades resultan de un acumulo de esfuerzos secretamente conectados que atraviesan las épocas y las geografías, y que poco a poco van echando raíces en la conciencia colectiva hasta que pasan a configurar el mundo institucional en el que se expresan.

Es difícil entender el poderoso movimiento de las sufragistas británicas de principios del siglo XX, sin el osado antecedente de la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana”, redactada por la escritora Olympe Degouges y presentado a la Asamblea Legislativa de París el 28 de octubre de 1791. Y es difícil, al menos sin el supuesto básico de igualdad entre hombres y mujeres contenido en su artículo primero; o sin la idea contenida en el artículo 10 de aquel texto de finales del siglo XVIII según el cual “Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la Ley.”

El camino de los derechos de las mujeres ha sido dilatado, accidentado, preñado de amenazas, de vejámenes y desconsideraciones de todo tipo. Pero ha sido también, por sobre todas las cosas, decididametne progresivo. Reclamaron las calles, las plazas, el sufragio, el acceso a la universidad, el derecho al trabajo fuera del hogar, la iguadad salarial por idéntico trabajo realizado, el derecho a obtener el divorcio, a administrar y disponer de sus propios bienes, a escribir libremente sin verse expuestas a tener que “contar las vigas de la celda de castigo como lo hizo Sor Juana” ni tener que encerrarse en un ático “de alguna residencia de la Nueva Inglaterra” a soñar “con la biblia de los Dickinson debajo de la almohada de soltera.”

No pararon en sus reclamos, hasta que lograron convertir en obviedades de la vida cotidiana, derechos que hace no tanto tiempo eran vistos por algunos como absurdos impensables. En el fondo, la virulencia del discurso y la práctica de algunos sectores que se oponen al reconocimiento de los derechos de la mujer sobre su cuerpo tiene que ver con la oscura y no resignada conciencia de lo inevitable.

Hace treinta y dos años, en un emblemático ensayo titulado “Existencialismo, alienación y postmodernismo: los movimientos culturales como vehículos de cambio en la configuración de la vida cotidiana, Ágnes Heller sometía a estudio la lógica de los movimientos culturales posteriores a la segunda guerra mundial. Allí afirmaba que: “En todos los altibajos de sus continuidades y discontinuidades, hay un rasgo que se ha mantenido estable. Los movimientos feministas han constituido una importante tendencia en los tres, y ésta es la tendencia que, pese a algunas derrotas menores, ha cambiado por completo la cultura moderna. El feminismo fue, y sigue siendo, la mayor y más decisiva revolución social de la modernidad. A diferencia de una revolución política, una revolución social no estalla: tiene lugar. Además, una revolución social es siempre una revolución cultural.”

La lucha por los derechos de las mujeres no es solo una contribución a esas oleadas culturales de transformación profunda que se gestan en el discreto discurrir de la vida cotidiana, muchas veces imperceptibles al entramado institucional que estructura el Estado, con sus poderes y sus normas de acción. Es, en palabras de Heller, la revolución más importante “porque la cultura femenina, hasta la fecha marginada y no reconocida, se encuentra ahora en camino de articular un declaración final en su propio nombre, para exigir su mitad de la cultura tradicional de la humanidad.”

El liderazgo político dominicano no debería llamarse a engaño. En el país hemos sido testigos de una auténtica revolución cultural en el ámbito con la vida de relación social de las mujeres, que ha permeado todas las esferas de nuestra vida como colectivo y cuya vocación es profundizar su instalación en segmentos cada vez más crecientes de la sociedad.

Algunos se niegan a verlo porque, siempre fue así, miran con recelo la sola posibilidad de una sociedad de iguales en libertades y derechos. Otros porque están demasiado acostumbrados a considerar la historia como historia política. Sin embargo, como afirma Ágnes Heller al final de su ensayo, “la historia es, primero y por encima de todo, social y cultural; es la historia de la vida diaria de los hombres y mujeres. Si la situamos bajo una mirada minuciosa, esa historia rebelará cambios que incluyen una revolución social.”

Nuestros líderes políticos todavía están a tiempo de leer, por debajo del bullicio, el profundo significado de la transformación socio-cultural que está teniendo lugar en nuestra sociedad en este tema y sintonizar la legislación con el reclamo que la expresa.

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