Santiago

Me doy cuenta de que la ciudad luce limpia, el tráfico organizado. Las aceras despejadas de vendedores ambulantes.
Santiago

Estoy en Santiago. Alcanzo a ver el Monumento a la Restauración, remodelado, imponente, sobrio. Decido visitarlo para contemplar su interior y las pinturas de Vela Zanetti. Me desmonto y subo. Al pie de la ancha base, echo en falta los nombres de los próceres que custodian las escalinatas. Debieron estar colocados al pie de las estatuas. Puede que las letras hayan caído.

Me acerco y encuentro el acceso cerrado. Responden que está clausurado temporalmente a causa de la pandemia. Desvío la mirada a un lado y me doy cuenta de que los restaurantes ubicados a pocos metros, al otro lado de la calle, están abiertos. Tal vez una simple incongruencia destinada a ser superada en lo inmediato.

Hace ya muchos años mi madre dio a luz en este lugar (mi abuela era santiaguera), lo que permitió que vislumbrara por primera vez la luminosidad del mundo en esta urbe hermosa. Siento pues que sigue vivo ese cordón umbilical que me conecta con Santiago, aunque soy mocano por tradición y convicción.

Contemplo con emoción la expansión de esta vibrante ciudad. La veo crecer y abarcar poco a poco las urbes cercanas, incluyendo la mía. Habrá, más temprano que tarde, una gran capital del Cibao, cuyos barrios tendrán el nombre de los que una vez fueron pueblos con historia propia. Y cuando suceda, tal vez estén conectados en forma más organizada y fluida, pues el destino del ser humano no es pasar horas frente al volante esperando que se disipen los tapones o retenciones del tránsito.

Tal vez entonces quedarán algunas tierras fértiles que permitan ser contempladas como oasis y cultivadas, si no es que el cemento y el asfalto las hubieran engullido. Será el momento en que la vocación agropecuaria del pueblo cibaeño habrá desparecido para dar paso a la dimensión urbana excluyente, con alimentación asistida a través de técnicas innovadoras que no necesariamente requieran del uso de la tierra, y con equilibrio ecológico precario.

Será un mundo diferente, complejo, orientado por lo artificial y vano, que algún día pondrá a la humanidad en la cuerda tensa de ver peligrar su sobrevivencia y la obligará, casi aniquilada, a un nuevo comienzo que facilite la reconstitución del entorno natural, en medio de las vastas ruinas urbanas.

Desde el balcón situado en una alta torre ubicada en el sector de La Trinitaria, miro desde arriba, con emoción, las copas de los grandes árboles, en especial de los samanes, que se enseñorean en lo alto mostrando su belleza inconfundible, serenidad majestuosa y elegancia recatada. No puedo dejar de preguntarme cuánto tiempo más durará el esplendor de este lugar tan especial que asemeja por sí mismo a un bosque situado dentro de la propia urbe, remanso de paz necesario para calmar el estrés que agobia a los ciudadanos.

Me preocupa constatar el avance incontenible de las excavadoras que cada amanecer proporcionan nuevos agravios a la naturaleza dócil y armoniosa de este sector, salvo que algún día, cuando aún no sea tarde para reparar destrozos, alguien dotado de liderazgo repare en la necesidad de dejar a las generaciones futuras espacios vitales compatibles con la vida saludable y con la naturaleza humana, y conserve ese pequeño pedazo de reliquia para el deleite y usufructo de todos.

Me doy cuenta de que la ciudad luce limpia, el tráfico organizado. Las aceras despejadas de vendedores ambulantes. La entrada engalanada por el verdor de sus árboles e isletas. Nada de la tensión que se respira en la capital del país. Quien sabe si ese fuere el camino para mostrar al resto de las urbes que se puede crecer y prosperar con respeto a las reglas y normas establecidas, que están para hacer que sean cumplidas. Sí, cumplidas y aplicadas.

Me acerco a la catedral. La visito. Y de nuevo me topo con la lápida que cubre la sepultura del tirano Lilís. Hace unos años la vi, elevada a pulgadas del suelo. Era de mármol negro como el carbón, con incrustaciones de letras en color oro. Ahora se encuentra a nivel del piso. Y es de mármol blanco, menos proclive al espanto.

Cuentan que cuando era de color carbón y estaba levantada a pulgadas del piso, quienes pasaban por su lado y la rozaban con el pie sentían de repente que una figura espectral se abalanzaba sobre sus espaldas. Más de uno cayó de bruces, se levantó y no se sabe a dónde fue a parar en su galopada sin freno. Y todo por un simple salta Lilís.

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