Un cómplice perfecto

“Balaguer sabía que, ayudando a preservar la vida de los condenados a morir, él no tendría la oportunidad de gobernar el país.“

El 18 de noviembre de 1961, Ramfis Trujillo y sus acólitos cometieron uno de los más horrendos crímenes de la agonizante dictadura: la cobarde masacre de la Hacienda María. De ese crimen sólo responsabiliza a Ramfis y César Saillant, su secretario particular, dice que Balaguer no hizo lo necesario para impedirlo y le designa, para hacer verosímil su irresponsable acusación, cómplice por omisión.

“Todos ellos [los conjurados]”, escribe Eduardo Sánchez Cabral en Los mártires de la Hacienda María, “presentían la tragedia y ahora evoco una escena inolvidable cuando Pedro Livio Cedeño, en La Victoria, en vísperas del abominable suceso, me decía, sin temblor de miedo, y con admirable estoicismo: Los presagios son siniestros: la presencia de Minervino desde hace días en la Jefatura de la Penitenciaría, la adopción de medidas no acostumbradas, y ayer la reunión en una sola celda de los más comprometidos... Parece, exclamó Cedeño, que esperan el ganado para sacrificio. Los demás compañeros oyeron silenciosos estas lúgubres palabras [...]. No había duda de que serían asesinados. Ramfis había demostrado su incapacidad para, contrariamente a los Somoza en Nicaragua, mantenerse en el poder; pero había logrado en cambio servirse de la poca personalidad de sus acólitos para perpetrar el crimen. Entre sus secuaces se distinguen, además del ya mencionado Dante Minervino, Luis José León Estévez y el coronel Sánchez Rubirosa”. Hubo otras personas que también, según dijera César Saillant a Sánchez Cabral en 1962, estuvieron en donde los héroes de mayo se convirtieron en los mártires de noviembre.

Esta tragedia y sus detalles serán eternamente arropados por el manto del enigma. Los esbirros se callaron o, como Luis José León Estévez, en su cobarde e irresponsable Yo, Ramfis compromete únicamente al hijo del tirano, se excluye y protege a otros cómplices. Ramfis no hubiera podido llevar a cabo solo semejante acto nefando.

Saillant responsabiliza al entonces presidente Balaguer: “Siempre he pensado que a Balaguer no le interesó proteger a los seis prisioneros, porque la muerte de ellos le beneficiaba políticamente. Él se abrogó el derecho de ser cómplice de Ramfis Trujillo, callando y no interviniendo como presidente del país. ¿Por qué en vez de haber sugerido buscar apoyo en el cónsul de los Estados Unidos, él como gobernante no estableció esa comunicación directa y, en su lugar, permitió que los planes de ultimación prosiguieran?”.

Si Balaguer no trató de impedir esas muertes no fue por conveniencias políticas. Admito que hubo negligencia y no asistencia a personas en peligro de muerte; que no dominaba la situación.

En París, Saillant se disgustó con su jefe y fue despedido. Desde entonces, tanto en sus revelaciones a Sánchez Cabral como en sus memorias (censuradas por él mismo o sus familiares), sus opiniones de testigo de esos momentos aciagos, ha fortalecido la idea de que Balaguer tiene cierta responsabilidad en esas muertes sobre todo en la medida en que, después de su retorno al poder y de todas las leyendas que se le atribuyen por su papel protagónico entre 1961 y 62 en la política dominicana. Esa acusación no impidió, sin embargo, que fuera elegido presidente de la República en 1966.

No hay argumento que demuestre que a Balaguer le favorecía la muerte de los héroes para permanecer en el poder. Apenas dos meses después del horrendo crimen, fue derrocado. Esta hipótesis le exonera de culpa, pero no impide que la duda, como la que acompañó siempre sus triunfos electorales desde 1966 hasta 1994, persista en la mentalidad dominicana más como una virtud maquiavélica que una falta en su hoja de vida.

Luis Salvador Estrella M., en la extraordinaria biografía de su padre, Salvador Estrella S., del complot a la gloria (1998), vuelve a poner sobre el tapete la acusación que desde entonces planea sobre la figura del seis veces, incluida la Era de Trujillo, presidente de la República: “Balaguer sabía que, ayudando a preservar la vida de los condenados a morir, él no tendría la oportunidad de gobernar el país. Ellos no lo hubiesen dejado, porque habían [sic] demasiadas razones para que el ambicioso cortesano no fuera presidente otra vez. Este es el criterio que he consolidado en mi conciencia de dominicano, de un ciudadano que reflexiona, políticamente, sobre el balance de los hechos después que el tirano Trujillo fue valientemente eliminado por quienes, como mi padre, lo arriesgaron todo: familia, bienestar y existencia” (p.173).

Si nos limitamos a los meses posteriores al tiranicidio, la acusación tiene fundamento. No para sus gobiernos ininterrumpidos de 1966 a 1978 ni los últimos (1986-1996). Antonio Imbert, por ejemplo, y otros conjurados del 30 de mayo de 1961, tuvieron notables cargos en esos gobiernos.

Si Balaguer estaba informado de la conjura es un enigma. En Memorias de un cortesano de la era de Trujillo, no esconde su admiración por Trujillo. La muerte de los héroes del 30 de mayo la víspera de la salida de Ramfis Trujillo del país, nadie la hubiera podido evitar. Balaguer no podía ni tenía el dominio de la situación para protegerlos. Su regreso al poder en 1966 está más relacionado con la guerra civil y la intervención militar norteamericana en 1965 que con su complicidad en el nefando asesinato de Modesto Díaz, Tunti Cáceres, Pedro Livio Cedeño, Salvador Estrella Sahdalá, Roberto Pastoriza y Huáscar Tejeda.

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