Vitriólico y sus personajes

Estos personajes plantean situaciones con sentido crítico, mordaz, en terreno fronterizo a la sátira. El objetivo es que la gente vea reflejados sus problemas, angustias, pesadumbre, dolores, alegrías, sueños, ilusiones, soluciones, y las comparta o critique; se involucre y actúe. Me atrevería a afirmar que si el escritor pudiera lograr que sus personajes captasen en sus diálogos la esencia de la época en que viven, sería un modo de ir escribiendo por adelantado los grandes trazos de la historia.

A continuación, un extracto de mis palabras pronunciadas en la reciente puesta en circulación del libro Vitriólico y sus personajes.

En primer lugar, dar las gracias al director del Archivo General de la Nación, Roberto Cassá, a Daniel García, Rafael Delmonte y Harold Frías por su implicación en la edición de esta obra. Y a Ramón Flores por su magnífico prólogo.

Alguien podría preguntarse qué hace este economista, ya longevo, inventando con personajes y diálogos, en vez de estar analizando números, cuadros estadísticos y participando en reuniones repetitivas en las que se resuelve el destino de todos y no se soluciona el de nadie.

En estos diálogos y narrativa he encontrado un cauce que me permite despojarme de la máscara de técnico aséptico obligado a emitir informes y análisis cargados de sentido de equilibrio, condenado a expresar entre líneas aquellos mensajes relevantes que deben barruntarse, pero no especificarse.

Este género despierta en mí una faceta creativa totalizante. Me permite abarcar todo lo humano y ser directo, incisivo, mordaz, atrevido. Me da la falsa seguridad de que estoy protegido por la valla que forman los personajes que se interponen entre el público y el autor, figuras que sin yo quererlo adquieren vida propia, se involucran y me comprometen.

Los protagonistas de estos diálogos son personas comunes: el profesor Vitriólico, con carrera universitaria y adicto a la filosofía y a la docencia. Abimbao, bachiller de la época antigua, tal vez por eso mejor formado; Abimbaíto, que posee ambiciones de ostentar una maestría o algún doctorado. Cucharita, con estudios apenas primarios, curioso, entrometido.

Estos personajes plantean situaciones con sentido crítico, mordaz, en terreno fronterizo a la sátira. El objetivo es que la gente vea reflejados sus problemas, angustias, pesadumbre, dolores, alegrías, sueños, ilusiones, soluciones, y las comparta o critique; se involucre y actúe.

Me atrevería a afirmar que si el escritor pudiera lograr que sus personajes captasen en sus diálogos la esencia de la época en que viven, sería un modo de ir escribiendo por adelantado los grandes trazos de la historia.

Aspiro a que este libro que con humildad e ilusión se pone hoy en circulación alcance con el paso del tiempo algún grado de trascendencia. Está compuesto por 90 artículos, no aislados ni inconexos, unidos entre sí por la visión del autor. Forman parte del conjunto de preocupaciones e ideas que he mantenido por mucho tiempo, inmunes a la variación del clima y a los torneos electorales, conectados por el hilo común de la coherencia.

El primero de los artículos de este libro se titula “Los ríos que no cogen agua”, dedicado a Enrique Armenteros. Y dice: -¿Qué hace este buen hombre, con dinero desde tanto tiempo ha, ya con 84 años cumplidos, dando bandazos de aquí para allá, preocupado por reforestar un país en que la despreocupación de sus moradores resuena con tintes de luto? ¿Qué diablos hace cuando más bien pudiera estarse tranquilo disfrutando de lo que le gusta? Y él me responde con una cita insertada en su discurso: -El hombre empieza a comprender la trascendencia de la vida cuando siembra árboles de sombra bajo la cual sabe que nunca se sentará. Y agrega-. Lo que el país necesita es decisión y acción.

Y tiene razón. Por eso, me pregunto: ¿Qué esperan la sociedad y la clase empresarial para rendir homenaje póstumo a este gran hombre?

Es lamentable que en esta sociedad publicar asuntos con sentido crítico siga teniendo un costo alto. Para mí lo ha tenido, al igual que para mis compañeros de trabajo y de asociación profesional, a los cuales jamás podré agradecerles en su justa dimensión la paciencia que tuvieron conmigo por el daño que sin quererlo les causé.

Ha sido un costo en forma de retaliación que ha cobrado el segmento político y también parte de un segmento empresarial ahíto de prebendas, que se ha inclinado ante el tótem del poder y patrocinado en un momento determinado la desinstitucionalización de su sector y de la nación.

Deseo terminar pidiéndoles que tengan cuidado con la caramusa, cuyo significado pueden adivinarlo en el fascinante cuento de Paula Joaquín titulado La Mariposita Melina y Don Oso, al cual se hace referencia en este libro. Según los pensares de Vitriólico, el mensaje es: “No pierdas tu esencia... Jamás abandones un sueño, más bien aférrate a mantenerlo, perseveras y lograrás lo que buscas”.

Este libro es ya un hermoso sueño cumplido. Tengo muchos otros con ansias de que se cumplan.

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