Adiós sin despedida

$!Adiós sin despedida

Adriano Miguel Tejada se fue sin despedirse y sin mis últimos consejos para el viaje que emprendería con su esposa Justina por tierras del Medio Oriente. Israel era el premio mayor, como me explicara por teléfono. La pandemia trastornó el propósito, y ahora el destino fue la muerte, desacompañado, a donde se arriba con boleto solo de ida. En este mundo, los planes son siempre provisionales. Se había retirado del oficio para dedicarles tiempo a los suyos. El sino lo ha retirado de todos. Insuficientes para compensar por ese adelanto inesperado del viaje sin retorno, quedan recuerdos, buenos y malos momentos compartidos. Y demasiados porqués.

Con él agoté décadas de periodismo. Fue columnista y luego codirector en mis dos grandes porfías en el campo de la información: Rumbo y Diario Libre, de la mano confiada de Arturo Pellerano. Cuando reunió sus artículos en Rumbo dos años atrás, me pidió escribir la introducción. Le dije en vida lo que ahora repito cuando ya no puede releerlo:

Gran parte del debate sobre el periodismo actualmente se centra en un punto cuya relevancia es tan válida como la necesidad de buenos periodistas. No de la manoseada denominación de “comunicadores”, sino de verdaderos profesionales de la información aferrados a principios éticos y técnicas que habrán cambiado con el tiempo, pero que remiten siempre a lo esencial: la búsqueda de la verdad. La profundidad es esa otra dimensión de los medios de comunicación aún en juego, y que obliga, en el menú ofertado, a opiniones sensatas, análisis serio de los hechos y diversidad en los puntos de vista. Poco importa la revolución digital o el viejo formato de los diarios y revistas impresos. Las opiniones autorizadas siguen teniendo un valor inapreciable en democracia, a la que dan sustento y enriquecen.

Los buenos articulistas escasean. La banalidad ha tomado por asalto las redes sociales, los medios digitales, impresos, la radio y la televisión. La complejidad creciente de la sociedad impone condiciones cada vez más difíciles de satisfacer. Ha habido siempre, sin embargo, una demanda de escritores que, además de manejar con destreza el idioma, sumen la formación indispensable para abordar la actualidad desde la óptica del especialista o del genio aguzado que ve más allá del hecho noticioso. Exiguas como la excelencia, las firmas de calidad cargan con un peso mayor. Compensa el reconocimiento cuando despliegan sofisticación y competencia en sus entregas y nos retan con reflexiones que levantan cuestionamientos, que abren avenidas al pensamiento.

En mis 23 años como director de periódicos, encontré en Adriano Miguel Tejada un excelente aliado en la tarea de satisfacer esas exigencias de opiniones provistas de espontaneidad y propiedad, fundamentadas en la lógica impecable y el afán de ilustrar tanto o más que de convencer. Erudición, pragmatismo y sentido crítico se combinaron sin agotarse, primero en Última Hora, luego en Rumbo y, finalmente, en Diario Libre, al que, como su segundo director por más de una década, ha llevado por la ruta del éxito, con características tan novedosas como cuando nació ese periódico al despuntar este siglo y ahora en proceso de abrazar con firmeza la revolución digital.

A mi entender, es en la revista Rumbo donde Tejada alcanza su madurez como columnista. Se trataba de un medio más adecuado para que sus Colindancias adquiriesen la fisonomía propia del ensayo, y de la mano de este género mostrase su talento y aplicación para analizar situaciones con la pericia del observador inteligente. A su capacidad de análisis habría que añadir una formación universitaria privilegiada, taller de las herramientas con que desmenuzaba el momento político o económico, sin descuidar la tarea de educar. Basta con escoger al azar uno de los títulos en estos dos tomos de sus entregas en Rumbo, que abarcan casi una década, para convencerse de que estamos ante uno de los mejores analistas dominicanos. Cuidadoso de las premuras del cierre, Adriano Miguel era de los primeros en entregar su contribución cada semana, no importa a dónde sus otros quehaceres lo desplazaran.

En el fondo, Tejada nunca se ha despojado del ropaje de educador que le viene desde el vientre materno hasta su paso como profesor en las aulas universitarias. Es uno de sus rasgos que siempre me ha llamado la atención y que celebro. Más que la autosuficiencia del intelectual engreído, el tono profesoral de muchos de sus artículos refleja el propósito de contribuir positivamente a una mejor sociedad por vía de la difusión del pensamiento de los grandes tratadistas de la política, servida la lección de forma sencilla y ajustada, en ocasiones, a la inmediatez del periodismo. Favorito entre sus favoritos, Samuel Huntington, de quien siempre extrae lo mejor y de quien aún echa mano en sus comentarios en Diario Libre. Aventajado en citas, Alexis de Tocqueville. Su clásico de 1835, La democracia en América, continúa como referente obligado para entender a los Estados Unidos de hoy en día, pero también como un manual ilustrativo sobre las instituciones y la organización política de la sociedad democrática.

Multifacético, Tejada ha amalgamado el periodismo con su formación académica en ciencias políticas y leyes, más la pasión por la historia. Ese tríptico del conocimiento se cuela en sus textos, y nuevamente asoma el maestro por vocación cuando se vuelca sobre las cuestiones constitucionales. Dudo que otro columnista haya tratado con tanta asiduidad y pertinencia el tema en los medios de comunicación. Su enfoque ha sido múltiple, con énfasis siempre en la importancia de observar la Constitución como guía modélica de buena ciudadanía y sostén de las instituciones.

Releyendo las Colindancias, me ha sorprendido la actualidad de la mayoría de los textos, lo que hace aún más valioso esta recopilación en dos tomos. En su conjunto, son un amplio repaso del porqué tan largo el período de transición. Todo un inventario de los vicios institucionales que vienen de muy lejos. Natural que haya variedad en el estilo de enfocar las situaciones, mas no como distracción sino como otra perspectiva que nos regresa a la verdad de una sociedad plagada de males para los que sí hay remedios. Las recetas están ahí, escritas en prosa límpida, de fácil aprehensión. He aquí otro de los méritos de Adriano Miguel: su capacidad para incursionar en la conversación política abriendo puertas y ventanas con su manera particular de decir las cosas, usualmente sencilla para facilitar la comprensión y que cada quien pueda formarse sus propias ideas.

La corrupción es otro de los temas a los que Tejada dedica particular atención. Elude el tratamiento común de un pecado que suele siempre enrostrarse al otro sin parar mientes en que forma parte de un sistema arraigado en la psiquis nacional: una estrategia de gobernabilidad de la que se han servido nuestros mandatarios desde el establecimiento mismo del Estado dominicano. Adriano Miguel Tejada cuenta con un sentido del humor que yo calificaría de genético. Lo asume como una extensión de su personalidad con raíces profundas en su tierra, campechana y sin temor a las convenciones. Estampa que se revela en sus artículos sin que melle la riqueza del contenido o la propiedad de la forma. A veces lo enmascara con un cinismo sajón con aderezos tropicales, y lo deja escapar prevalido del criterio cierto de que hay susceptibilidades cutáneas que se curan o se entienden mejor con carcajadas. No faltan las notas personales en el catálogo de sus columnas en Rumbo. Noviembre, el mes en que escribo este prólogo, se presta para que el autor abra su mundo interior y asomen las heridas que dolorosamente comparte con los lectores en su entrega del 5.11.96:

“En noviembre, todo el mundo anda con la prisa de lo que termina. Nos comportamos como si estuviésemos preparando una mudanza y, en realidad, estamos creando las condiciones para la Navidad, es decir, para el cambio de estación, que a pesar de su frigidez, invita a la fiesta, al calor del regalo y del intercambio, al rumor de amores conocidos.

“Noviembre es seco en temperamento a pesar de su humedad. Esa llovizna otoñal, esas nieblas matutinas, invitan a la sequedad, casi por reacción instintiva. La humedad de noviembre invita a los catarros, a los abrigos, a las permanencias en el calor del hogar para evitar los ásperos ataques del otoño que se quiere despedir con ansias de ser recordado.

“Nunca supe por qué́ no me gustaba noviembre, hasta noviembre de 1987, cuando mi hija de seis meses, Maria Raquel, se fue a soñar con los ángeles del Cielo.

“Entonces, supe que noviembre no era solamente un mes de pérdidas para los árboles sino que también robaba vida por todos lados”.

Textos bien logrados, con desgarros del alma entre líneas y que reaparecen cada año con la asiduidad de las estaciones. En diciembre del 2002, por ejemplo, acude a los desaciertos del gobierno de entonces y los suma a su desamparo personal para concluir: “En cuanto a mí, noviembre ha sido de altas y bajas. Pero como vengo haciendo desde hace 15 años, trato de recordar mi pacto con la alegría y a Maria Raquel... para seguir adelante.”

Adelante ha seguido Adriano Miguel Tejada, y casi ya en su séptima década de vida nos obsequia estos textos tan apropiados cuando fueron escritos como ahora, señal inequívoca de una buena firma que adicionó valor a la revista Rumbo. Retratan casi una década de vida dominicana. A veces a trompicones, avanzamos. Hay en estos ensayos soplos de optimismo y una invitación constante a sobrepasar las dificultades con un conocimiento más acabado de lo que somos, pero ante todo de lo que queremos ser.

Releer estas columnas, algunos de sus contenidos aún en mis recuerdos, me ha hecho apreciar más mi colindancia personal con Adriano Miguel Tejada. Los lectores, que sé serán mucho, me darán toda la razón.

Adriano Miguel Tejada se fue sin despedirse y sin mis últimos consejos para el viaje que emprendería con su esposa Justina por tierras del Medio Oriente. Israel era el premio mayor, como me explicara por teléfono. La pandemia trastornó el propósito, y ahora el destino fue la muerte, desacompañado, a donde se arriba con boleto solo de ida.

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