En busca de emociones perdidas

Con los muchos años a remolque se arrastra la ventaja de apreciar mejor el largo trecho dejado atrás. En la etapa en que advine a la adultez y los placeres de todos los colores se inscribieron en mi agenda con urgencia cotidiana, afiné el gusto por las aguas de vida que provenían de la lejana Escocia. Marca de fábrica de gaznápiros como yo, la afirmación afectada de “¡yo no bebo ron, solo güisqui!”

Se relegaba el producto criollo a los bienaventurados que tenían hambre y sed no solo de justicia, y así a la ingestión etílica se le asignaba un sello de clase. En la España de la primera vez, observé a mansos y cimarrones pedir un ron al final de la comida, como si la buena digestión y el néctar caribeño participasen en una sociedad indisoluble al margen de consideraciones sociales. Me sirve de indulgencia un hecho cierto, y es que en mis años tempranos la calidad no contaba como razón de importancia en la fabricación de bebidas bautizadas campechanamente como “lavagallos”.

Otra es la historia, y me he enrolado como voluntario entusiasta en el festejo del enorme cambio, muy positivo, en la industria del ron dominicano, de la que, empero, echo en falta la denominación de origen. Confieso que la endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina, el llamado cuarteto químico de la felicidad, se me desparrama por toda la anatomía si veo el producto nacional en buena compañía. Lo relaté antes, cuando en un bar de la California opulenta devoraba con ojos golosos cuantas bandejas de alimentos me pasaban por el lado; y con boca educada, unas ostras que imagino eran de las primeras de la estación porque el otoño apenas se insinuaba.

Entre botellas de todos los tamaños, bebidas y espejos que adornaban el bar piramidal, atisbé un ron dominicano, de igual a igual entre coñacs nobles contenidos en cristales Baccarat; entre güisquis señoriales de malta; entre bourbons de Kentucky destilados de acuerdo a recetas originales. Sin reparos de idiomas, entre ginebras y vodkas de todos los rincones terráqueos; entre tequilas para los cuales se crearon envases artesanales de tanto valor como el contenido; entre licores de frutas de todos los climas y colores, y dispuesto para el paladar culto de todos los que por allí pasaban rumbo a yates despampanantes o casas de recreo de revistas de decoración. Sin complejos por su tamaño o juventud, media vacía la botella porque su contenido ya había animado quién sabe cuántas pasiones y sorprendido quién sabe cuántos gustos. Era un Brugal enmallado de amarillo.

Apena, ciertamente, que el renacimiento y globalización de la bebida nacional coincida con el traspaso a manos extranjeras de empresas que formaban parte de una tradición familiar inscrita en nuestra historia. El avance en los mercados internacionales y el salto cualitativo me consuelan, tanto como el alzar una copa de esos rones ennoblecidos cuyo arranque sitúo arbitrariamente al final del milenio con la aparición de Siglo de Oro para marcar el centenario de la casa Brugal. La botella de cerámica hecha a mano, que creo se importaba entonces de Brasil, indicaba un producto artesanal en el que había empeño. En la tienda virtual de licores de donde habitualmente me suplo, lo describen así: “Se crea la melaza a partir de caña de azúcar dominicana. Fermenta dando lugar al denominado vino y se destila en vacío. Siglo de Oro es el resultado de una cuidadosa selección de los mejores rones que se añejan en barricas de roble blanco estadounidense hasta ocho años. La mezcla excepcional de estos rones de distintas barricas se devuelve a las barricas para una segunda maduración de otros ocho años, logrando así su complejo sabor y una extraordinaria suavidad”.

Llevado de los críticos, juraba que nada igualaba los denominados rones agrícolas de Martinica, elaborados directamente del jugo de la caña, no de la melaza como es el estilo dominicano. Hasta que le di a probar un trago de Leyenda a un distinguido diplomático africano, excanciller de su país, y quien aún relata exaltado la grandiosidad de ese trago espirituoso. Ya antes, en una cata con muestras de cada país caribeño, un Barceló Imperial fue escogido por mis colegas como el favorito. En otro ágape en el que el refuerzo de la chimenea resultaba insuficiente para ahuyentar la humedad y el frío, saqué a relucir, sí, a relucir, un Barceló Imperial Premium Blend, cuyos 30 años han mutado en aromas con recuerdos cítricos, frutos secos, vainilla y notas especiadas. El aplauso fue extendido.

Ha habido una explosión de buenos rones dominicanos, algunos que no conocía y que fabrican pequeñas empresas.Varían los precios de un país a otro, al extremo de duplicarse. Caso del Ron Brugal 1888, con etiqueta de 39 dólares en Estados Unidos, 44 euros en España y hasta setenta euros en Bélgica. Es este uno de mis favoritos por su complejidad, redondez y la suavidad que le reporta el doble añejamiento. Los dueños escoceses de la firma licorera han aprovechado la experiencia de sus maestros del güisqui para innovar. Con anterioridad a la pandemia, el consumo del ron super premium registraba un seis por ciento anual. Con la calidad han subido los precios y disminuido el volumen en las botellas, lo que al parecer se ha convertido en norma internacional: de 750 a 700 mililitros.

Como ocurrió con el tabaco, de Cuba ha llegado un nuevo impulso. Matusalem 23 gana espacio en los anaqueles y el gusto de los consumidores. El añejamiento en soleras le endulza el sabor con un tono acaramelado sin olvidar el café. Oliver y Oliver despliega una gama asombrosa en la que destaca el Ron Opthimus 25 años, añejado en barricas de roble blanco americano y francés, cuyo pasado como anfitriones de bourbon se revela en toques de maderas nobles y notas melosas, amparados en un carácter marcadamente equilibrado. Ambos rones, de tradición cubana con origen en España desde donde vinieron originalmente sus creadores, proceden de la fermentación y destilación del jugo de caña o guarapo y no de los mostos o melazas.

De E. León Jimenes conocía sus finos puros, de fama internacional y cuidada elaboración. De niño veía fumar a mi abuela materna un cigarro Aurora al caer la tarde, y ay de aquel que osara perturbar el espacio de calma y reflexión que le generaban cada chupada y bocanada de humo. Un amigo querido me introdujo durante los días más duros de la pandemia al Ron E. León Jimenes 110 aniversario, y a la gloria simultáneamente. Producido en cantidades limitadas y cada botella numerada, el Beverage Testing Institute le marcó prontamente 97 puntos a ese portento líquido que se desparrama en boca con mensajes sublimes, aterciopelados, de especies y trazos florales. Dicen que es ideal para acompañar un buen puro, y no se equivocan. Pero igual compañía cualitativa aportan los buenos rones, desmentido de que solo el brandy francés releva el placer de una buena fumada.

Deseoso de equilibrar la carrillada de ternera cocinada como antaño (muy lentamente), reducción de su jugo sobre cremoso de patata, queso de oveja y avellanas que me había autorregalado, rompí una vez mas mi promesa de alejarme de los azúcares y pedí el sorbete de limón, ron añejo, menta...como un mojito. El camarero trajo a la mesa aquel último plato, elegantemente presentado. Con la mano libre asía una botella ¡de ron dominicano tenía que ser!, que derramó con libertad absoluta sobre el helado.

Con el ron se derritió lentamente el sorbete, y también mi alma.

Apena, ciertamente, que el renacimiento y globalización de la bebida nacional coincida con el traspaso a manos extranjeras de empresas que formaban parte de una tradición familiar inscrita en nuestra historia. El avance en los mercados internacionales y el salto cualitativo me consuelan, tanto como el alzar una copa de esos rones ennoblecidos cuyo arranque sitúo arbitrariamente al final del milenio con la aparición de Siglo de Oro para marcar el centenario de la casa Brugal.

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