La resistencia universitaria al final de la Era

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Alas cuatro y cinco minutos de aquel jueves de noviembre de 1960, la primera bomba detonó en el Instituto de Anatomía. A las cuatro y diez, se sintió el estruendo en Odontología. La de Finanzas cumplió su rol a las cuatro y quince. Y la de la facultad de Ingeniería hizo explosión a las cuatro y veinte. La entonces Universidad de Santo Domingo se manifestaba con todos sus riesgos en contra del régimen de Rafael L. Trujillo. Los responsables: un grupo de cinco jóvenes que constituían el ala universitaria del movimiento de resistencia. Una quinta bomba no estalló como estaba previsto. Iba a ser la primera, a las cuatro de la tarde. Debía explotar en la facultad de Medicina, pero los calieses que servían en ese edificio –los bedeles eran, en su mayoría, agentes del SIM- impidieron con su presencia que el responsable, Pedro, cumpliera su cometido. Prefirió abortar la operación para no afectar el proceso ya en marcha. Pronto, se difundió el rumor de que aviones venezolanos estaban bombardeando a Ciudad Trujillo y, en poco tiempo, la universidad quedó vacía. A la misma hora, la resistencia había hecho estallar bombas en el Mercado Modelo, en el muelle y Güibia. Se habían incendiado los depósitos de las oficinas de Obras Públicas en el ensanche La Fe, los archivos de la Cámara de Cuentas y la sala de la Suprema Corte de Justicia. El movimiento conspirativo había ejecutado un proyecto bien concebido y efectivo. La bomba no estallada de Pedro sería lanzada al mar para evitar problemas.

En enero de ese año se había descubierto el movimiento clandestino 14 de junio, y aunque la mayoría de sus integrantes serían detenidos y trasladados a las cárceles de tortura de la dictadura, otros nuevos grupos se habían organizado y continuaban la tarea de enfrentar la tiranía que, justo en noviembre, había ordenado el asesinato de las hermanas Mirabal, para completar el cuadro de oprobio que se había iniciado con el fusilamiento de los expedicionarios de junio de 1959. Carlos Alberto Alba era miembro del núcleo instalado en la universidad estatal, que había sido formado junto a otros compañeros de filiación antitrujillista. Los jóvenes –Carlos Alberto, por ejemplo, había cumplido los veinte años justo en el primer mes de ese 1960- conversaron por primera vez de la necesidad de agruparse al salir de un acto académico presidido por el entonces rector Arturo Despradel. Su primera acción clandestina fue la redacción, impresión y difusión de volantes que colocaron, humedecidos, en los techos de las facultades de Ingeniería y Medicina para que, en su momento, la brisa los diseminara. Llevaban una inscripción desafiante que, entre todos, redactaron: “Dominicanos, se acerca el fin de la tiranía. Únete a la lucha. Demuestra tu valor. Frente Universitario”. Al grupo se fueron uniendo otros jóvenes estudiantes. Carlos Alberto sobresalía, pues desde que era un preadolescente había recibido información de parte de su padre sobre la dictadura y la necesidad de combatirla. Nativo de La Vega, se había establecido en la capital para realizar sus estudios de ingeniería, pero solía viajar con frecuencia a su hogar para buscar la opinión de su padre sobre determinadas situaciones relacionadas con la lucha contra la tiranía, o para buscar refugio cuando el ambiente se enrarecía por el acoso de los agentes del SIM.

Casi todos los miembros del grupo conspirativo vivían en Gascue y cerca de la iglesia de San Antonio se iniciarían las adversidades, cuando Marino, uno de los jóvenes, fue interceptado en plena calle por uno de los “cepillos” del SIM y llevado preso. Poco a poco, irían cayendo los demás, incluso Carlos Alberto quien fue detenido en La Vega y llevado a la fortaleza que tenía, entonces, como comandante al general Juan Tomás Díaz, quien habiendo conocido de modo directo los actos de barbarie contra los héroes del 14 de junio, había comenzado a disentir de la dictadura. El alto oficial dio buen trato al detenido y le permitió trasladarse a Santo Domingo, donde era requerido por el tenebroso Servicio de Inteligencia Militar, junto a su padre en vehículo propio y escoltado, en vez de que lo hiciese en un Volkswagen del SIM. Sería llevado directamente a La 40 donde se encontraría con sus compañeros, y en cuyo lugar reinaban, en sus diarias orgías de sangre, auténticos especímenes salidos del averno: Estrada Malleta, Ciriaco de la Rosa, Cándido Torres Tejeda, Viterbo Álvarez (Pechito), Alfonso Cruz Valerio (fallecido en abril pasado en Hoya del Caimito, Santiago, donde siempre se hizo llamar Porfirio Valerio), Américo Dante Minervino, Faustino Pérez, Clodoveo Ortíz, Juan Reyes (Misangre), los hermanos Rodríguez Villeta, y entre otros torturadores y esbirros, Johnny Abbes García, el capo mayor de la infamia.

Carlos Alberto y sus compañeros permanecieron sólo ocho días en La 40, pero con torturas diarias (el tortor, el coliseo, el papá de los becerritos como llamaban al pene del toro, y, por supuesto, la silla eléctrica –el trono del diablo- que había construido el alemán Ernest Scott). Y entonces, llegó un día Radhamés, el hijo menor del tirano, en busca de Antonio quien había sido su compañero en el colegio Luis Muñoz Rivera, reconociendo a Carlos Alberto. Junto a los miembros de La Cofradía, Luis José León Estévez y César Báez, se sentó a observar las torturas infligidas a los dos jóvenes, mientras Dante Minervino utilizaba a su perra Diana, debidamente entrenada, para atacar a los jóvenes torturados.

De La 40, Carlos Alberto y sus compañeros fueron traslados a La Victoria donde estuvieron por varios meses confinados y asistiendo al palacio de Justicia de Ciudad Nueva para el montaje de la farsa judicial en contra de los acusados. En La Victoria, totalmente desnudos, apilados en celdas malolientes y recibiendo raciones repugnantes como alimento diario, fueron animados por las voces de quienes sólo se identificaban como El Cazador y El Fantasma, quienes pedían a todos servirse de motes para poder comunicarse entre celdas mediante un sistema especial elaborado entre ellos. El Cazador, lo supieron después, era el abogado Rafael Augusto Sánchez Sanlley (Papito) y El Fantasma, el médico Amiro Pérez Mera. Serían liberados luego de firmar una carta, y conocer directamente el valor mostrado por Cristóbal Gómez Yangüela. Carlos Alberto regresó a su hogar en La Vega, donde tenía permanentemente, de día y noche, un servicio de vigilancia de uno de los cepillos del SIM. Si salía a alguna diligencia o a un oficio religioso junto a su madre, le perseguían y acosaban los calieses, al tiempo que la sociedad vegana lo aisló y muchos cruzaban a la acera contraria cuando lo veían caminar en su dirección. Lo expulsaron deshonrosamente de la universidad, pero a principios de 1961 volvieron a requerirlo del SIM, ubicado en la avenida México de la capital donde Figueroa Carrión –a la sazón jefe de ese escuadrón de bárbaros- le informó que podía volver a sus estudios, pero que, a partir de octubre de aquel año, pasaría a formar parte del SIM, enrolado como calié. A Carlos Alberto lo salvó la noche del 30 de mayo. El 31 lo llevaron arrestado a la fortaleza de La Vega donde se encontró con sus compañeros veganos de la resistencia y los miembros de la familia de la Maza, encabezados por su patriarca don Vicente. Allí fue testigo del asesinato de Mario y Bolívar de la Maza, a quien vio pasar frente a su celda cuando le llamaron –“con el pecho en alto y la cabeza erguida”-, y escuchó los ayes de las torturas que les aplicaron hasta la muerte, mientras don Vicente, impertérrito, estoico, se mantuvo de pie tras los barrotes de su celda, escuchando como mataban a sus hijos y esperando su turno que, por suerte, nunca le llegó. Fue Antonio Rosario, yerno de don Vicente, quien le informó a Carlos Alberto y al grupo que Trujillo había sido eliminado la noche anterior.

Descriptivo, con prosa limpia y precisa, ambientada toda la narración con detalles y revelaciones conmovedoras, el ingeniero vegano, prominente personalidad de su pueblo, hoy con 81 años de edad, César Arturo Abreu Fernández, construye una memoria novelada de su vida de luchador antitrujillista en uno de esos libros que no deben quedarse sin ser leídos.

LIBROS
  • Aventuras y desventuras de
  • un joven en la Era de Trujillo
  • César Arturo Abreu Fernández
  • Editorial Santuario, 2019
  • 296 págs.
  • Recomendamos la lectura de estas memorias noveladas con motivo del 60º aniversario del ajusticiamiento del dictador el 30 de mayo de 1961.
  • Mi paso por La 40
  • Freddy Bonnelly
  • Editora Mediabyte, 2009
  • 237 págs.
  • El testimonio de un santiaguero que permaneció tres meses en La 40 y sufrió los horrores de la tortura. Se exiliaría luego en Puerto Rico.
  • Un médico en La 40
  • José Tallaj
  • Editora Búho, 2006
  • 143 págs.
  • Recuerdos de una conspiración y relato de un encarcelamiento. Los días amargos en las cárceles de La 40 y La Victoria durante la Era del Jefe.
  • En La Vega
  • Resistencia Antitrujillista
  • José Peralta Michel
  • CPEP, 2014
  • 242 págs.
  • Segunda edición del libro de un mocano-vegano de una crónica memoriosa construida sobre la vivencia directa de los hechos que narra.
  • Complot develado
  • Rafael Valera Benítez
  • Fundación Testimonio, 1984
  • 364 págs.
  • Un libro-documento que detalla el descubrimiento del movimiento clandestino 14 de junio y los encarcelados en La 40 a causa de este suceso.

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