Rodríguez Objío y Demorizi

Óleo de Manuel Rodríguez Objío (Colección Academia Dominicana de la Historia)

El 19/12/1938 se cumplió el Centenario de Manuel Rodríguez Objío. La Academia de la Historia, encabezada por Federico Henríquez y Carvajal, celebró sesión solemne dedicada a quien “ilustró su nombre en la heroica epopeya restauradora con actuaciones de acendrada proceridad civil y militar; quien tocado de la belleza y el arte, tuvo divino consorcio con las musas y se hizo destacada figura de las letras patrias; y supo tocar a las puertas de la muerte como un hombre, con un fardo de responsabilidades encima y aureolado con el nimbo del martirio”. Nació en El Conde, bautizado en la Catedral, fusilado el 18/4/1871. Don Fed abrió el acto, seguido por conferencia magistral de Emilio Rodríguez Demorizi, que reseñaré por entregas.

“La Academia Dominicana de la Historia ha confiado a la pobreza de mi palabra el alto y honrador encargo de ofreceros, en este día de merecida glorificación, el elogio del poeta, historiador y periodista, soldado y mártir de la libertad que fue MRO. En él se cumplió el triste sino con duro ensañamiento: fue poeta, y le convirtieron en soldado; fue soldado, y lo arrastraron a las oscuras tribulaciones de la política; fue prócer, y le arrojaron a injusta prisión; fue gladiador y heraldo de la libertad, y lo llevaron al patíbulo.

Empero, aquella vida, segada en la flor de los años, hoy se alza ante nosotros como en sus días de gloria, vencedor de sus crueles adversarios, y ofrece a las generaciones del presente el aleccionador ejemplo del patriotismo, de la juventud y del talento, debatiéndose generosamente en aquel caos social del que sólo Duarte pudo salir inmaculado.

De familia esclarecida por el nombre y la virtud, el 19 de diciembre de 1838 nació MRO en esta legendaria ciudad que fue también su dramático sepulcro. Apenas contaba un lustro cuando la aurora de la patria llevó a su tierno espíritu la primera impresión. Su alma recogió de aquella luz encendida en las espesas nieblas del cautiverio; sus ojos infantiles vieron flotar la enseña trinitaria donde la víspera señoreara el odiado estandarte de los dominadores; su corazón participó del patriótico enardecimiento de los moradores de la vieja ciudad de los Colones en la mañana de febrero; todas las fibras de su ser, en extraña tensión, afinaron el cordaje sonoro de su sensibilidad, y a destiempo hubo en él ese fecundo y misterioso génesis que se produce en las grandes almas en supremos instantes.

Cuando Eros, el dios alado, tocó a su pecho con la dorada punta de sus flechas, ya la patria le había transmitido los mágicos alientos de la musa heroica, y le había robado sus primeros arpegios junto con sus primeros ayes.

Vio al triste Duarte, al infortunado Sánchez, al intrépido Mella, a Pérez y a Pina, arrojados como materia inmunda hacia el destierro; vio tristezas y desazones donde antes florecía el patriotismo; y vio, según sus propios versos: ‘La perla de Colón gemir exhausta/ pudiendo apenas sacudir osada/ la cerviz por sus hijos abatida. ‘

Y así, llenándosele el alma de oscuras pesadumbres, dejó el hogar a los catorce años, ya huérfano de padre, y fue a errar por la orilla del Hudson, en enero de 1855. Temprana peregrinación que le preparó para la vida, templando su carácter, tan independiente y altivo, como era su espíritu indomable y ardoroso. Apenas había salido de las aulas del Colegio San Buenaventura, abierto en 1852, donde recibió las doctas enseñanzas del Pbro. Gaspar Hernández, de Félix María del Monte y de Alejandro Angulo Guridi.

En 1858, bajo el absolutista señorío de Santana, la juventud capitaleña fundó la Sociedad Amantes de las Letras. Órgano de esa benemérita agrupación, a la que perteneció, fue el periódico literario El Oasis.

Al malograrse las ilusiones de paz y de progreso de la meritoria sociedad, se trasladó a la ciudad de Azua, por el año de 1856, y al siguiente, arrastrado por los acontecimientos políticos que ensangrentaron el país, se vio de improviso con el arma al hombro en aquellas luchas de hermanos contra hermanos. Triste destino el de esa juventud aleccionada en tan aciaga escuela.

Del campamento de Manganagua, donde perteneció al Estado Mayor del General Santana, entonces al frente de las tropas que sitiaban a Santo Domingo, pasó a servir las funciones de Secretario del Ministerio de Interior y Policía, cargo que renunció cuando la Sociedad Amantes de las Letras, cobrando nueva vida, fundó el periódico literario Flores del Ozama, en que el joven poeta publicó, entre otros trabajos literarios, algunos de sus versos patrióticos y su bello estudio acerca de ‘si César fue un bien o un mal para Roma’, que todavía pueden leerse con deleite.

Mientras la musa erótica y sentimental ejercía su fácil preeminencia en casi todos los bardos de su generación, RO extendía sus alas por regiones más altas cantándole a la Patria, a la religión y a la fe que animaba su espíritu. Pero no fue extraño a las influencias de dos grandes poetas. El mismo lo declara en sus Memorias: ‘El genio y la naturaleza de Espronceda me entusiasmaban. Cuando tuve noticias de Byron me enamoré perdidamente de él’.

Nuevas vicisitudes, como siempre, le arrebataron del lar nativo y le llevaron a la solitaria Isla de Saint Thomas ya en los días precursores del crimen de la Anexión a España. Se encontró allí con el glorioso y desdichado Francisco del Rosario Sánchez, a quien le unía honda amistad. El joven poeta fue a visitarle. ‘Es preciso -le dijo Sánchez- que cooperes en evitar esa anexión vergonzosa que no es sino una traición infame manejada por Santana y sus esbirros’.

‘General -respondió- cuente Ud. conmigo; y aun cuando la oposición a este acto diera por resultado el advenimiento de Báez, no me vería Ud. vacilar. Cualquier hombre es preferible a una dominación extraña’.

‘Así te quiero, Manuel’, contestó Sánchez, que bien debía ser objeto de su amor todo el que amara su bandera.

Después de la tragedia de San Juan, perdida toda esperanza de redención, Rodríguez Objío volvió a su Patria; se hundió en la soledad del campo, y estuvo en apartado retiro hasta que, hallando eco en su sensible corazón las dianas de Capotillo, y anticipándose a la persecución de que fue objeto, logró embarcarse para Curazao el 17 de septiembre de 1863, precisamente el mismo día en que hacían su entrada a Santo Domingo las primeras tropas españolas vencidas por los restauradores.

De Curazao pasó a Caracas, el 7 de octubre, y allí, el joven patriota, que poco antes había estado junto a Sánchez, ahora estaba al lado de Juan Pablo Duarte, heridos sus corazones por el mismo dolor y por las mismas ansias. ¡Qué extraterrena irradiación bañaría su espíritu en la augusta presencia de aquel Mártir! Rodríguez Objío, que ostentaba a la sazón las charreteras de Capitán del ejército dominicano, recibió entonces, de manos del Fundador de la República, el despacho de Coronel.

Ambos se entregaron de inmediato a la tarea de recabar del gobierno del General Falcón recursos para la guerra contra España, largas gestiones que fueron poco menos que infructuosas. El 16 de febrero de 1864 salieron para Curazao y de allí, pocos días después, se embarcaban con el General Mariano Diez, Vicente Celestino Duarte y el Comandante Candelario Oquendo, rumbo a las costas dominicanas. ¡Hermosa odisea la de estos Ulises del patriotismo, juguetes del mar en frágil embarcación perseguida de cerca por el vapor español África!

Un liberal español, un ignorado hidalgo, de esos que luchan por la justicia aun en contra de su Patria, los condujo a las playas de Monte Cristi, y de allí tomaron el camino de Santiago a ponerse a disposición del Gobierno Provisorio, entonces presidido por Pepillo Salcedo.

Rodríguez Objío fue destinado inmediatamente al Campamento del Sur, a las órdenes del General Manuel María Castillo, jefe de aquel sector, donde ganó, a fuerza de abnegación y de denuedo y sirviendo arriesgadas comisiones, los primeros laureles de su proceridad, y donde el héroe de Santomé (Cabral), luego sustituto del General Castillo, le confirmó el grado de Coronel que le había sido otorgado por el egregio Duarte.

En aquellas horas de crisis de la revolución, cuando se iniciaron las frustradas negociaciones entre los restauradores y el General la Gándara, Rodríguez Objío fue designado Plenipotenciario del Gobierno Dominicano y enviado con tal calidad a Monte Cristi, en compañía de otros generales, misión inútil en aquel piélago de opiniones tan opuestas.

Tras la reacción que le costó la vida a PepiIlo Salcedo, el General Gaspar Polanco asumió la Presidencia de la República en armas, y Rodríguez Objío, que frisaba los 25, cuya personalidad ya cobraba merecida notoriedad, fue nombrado, el 15 de octubre de 1864, Ministro de Relaciones Exteriores. Seis días después, General de Brigada.

Con actividad pasmosa y sin ejemplo, a la vez que servía las funciones de su Ministerio, se entregaba fervorosamente al periodismo, que contribuyó en tan alto grado a imprimirle a la revolución el solemne carácter nacionalista de que carecía. Desempeñaba por la frontera una importante comisión, cuando en Dajabón le sorprendió el movimiento que derrocó la dictadura de Polanco. De regreso a Santiago, el 31 de enero de 1865, fue cargado de grillos junto con sus compañeros de gabinete.

No fueron días de ociosidad los de la cárcel: dejó en su Diario emocionantes páginas, rebosantes de ardor patrio y de belleza y de su fe en el triunfo de la causa dominicana.

Al concedérsele la libertad, por no existir cargos contra él, recibió la orden de ponerse bajo el mando del General Cabral, a cuyo campamento de San Juan llegó el 17 de abril. Pocos días después entraron las tropas revolucionarias a la ciudad de Azua y luego, el 12 de julio, a Santo Domingo. Victoria que tendría para él, sin embargo, su inevitable acíbar: su madre y su esposa habían sido objeto de la saña del General la Gándara, quien las condujo como rehenes al vapor Vasco Núñez de Balboa, en compañía de otras familias dominicanas víctimas de la ira española de esos días.”

Continuará.

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