Vacaciones del poder

Leía con atención las bien hilvanadas respuestas de Raquel Arbaje en la entrevista que le hiciera la directora de este diario Inés Aizpún, cuando este fragmento se me transformó en signo de pare:

“¿Es usted feliz?

“¡Sí! Aunque Luis trabaje mucho yo no puedo pedirle más a la vida, tal vez nietos... Sí, claro que soy feliz. Estoy contenta, lógicamente uno tiene momentos de nostalgia o añoro poder decir que me voy a un viajecito con mi marido. De hecho entiendo que un presidente puede decir abiertamente “voy a tomar cuatro o cinco días, necesito unas vacaciones”, sobre todo si cuenta con un equipo de gobierno confiable”.

Forzoso reflexionar sobre la cuita de doña Raquel. Matiza en clave muy personal uno de los mitos de la política dominicana postrujillista. En la liturgia nuestra del poder, los presidentes, ministros y funcionarios de principalía son rehenes a tiempo completo del puesto. Las vacaciones les están vedadas —mucho más en el caso del primer mandatario—, por la realidad ficcional de que la Cosa Pública requiere atención constante y la incombustibilidad del refrán que como advertencia severa regía en los tiempos del conchoprimismo: “el que se va para villa, pierde la silla”. Concibo esta impostura del trabajo sin descanso como una antología del subdesarrollo, un reflejo del inconsciente colectivo que recela de las instituciones y su funcionamiento. O, como en el caso del cultor más acabado de la presidencia sin vacaciones, Joaquín Balaguer, sombra fiel de una soledad personal cultivada con esmero por los tantos relieves en el mapa de su vida.

En la geografía donde vivo, otros son los pareceres, más avenidos al razonamiento de Raquel Arbaje. Avanzan agosto y las vacaciones, reafirmación de una práctica que se extiende por los países desarrollados, particularmente Europa Occidental, y a la que se adhieren políticos, funcionarios, mandatarios, celebridades y el pueblo llano. De manos del agobio estival viene la urgencia de escapar de la rutina y acogerse a la clemencia de una naturaleza cada vez más minada por la impertinencia humana. Estación de ciudades llenas a medias, de avenidas escasamente transitadas, locales comerciales cerrados y hordas de turistas que como abejas al panal acuden a los grandes monumentos y museos. En este verano se insiste en obviar las acechanzas de la COVID-19 y en acostumbrarse al protocolo de certificados de vacunación, pruebas de antígenos o PCR y la inevitable mascarilla. De rigor continuar la tradición y basta con añadir cuidados antes impensables al disfrute del asueto. Embozarse hasta en las playas puede que sea una señal de prudencia, no un capricho pasajero o una de esas modas que desaparecen con la misma rapidez que se expanden.

Que nadie invoque imágenes de holgazanería y pretenda ver responsabilidad diluida en las vacaciones y días libres. La tradición arrastra muchos calendarios. Otrora, reyes y nobles atiborraban las fuentes de aguas termales tras la cura para el cansancio físico y el agotamiento mental. Desde George Washington, los presidentes norteamericanos se reservan varias semanas al año, a veces meses. El gobierno colonial británico se trasladaba a Simla, en las estribaciones del Himalaya, cuando el bochorno veraniego convierte Delhi en réplica de grandes hornos. Adolfo Hitler contaba con Berghof, refugio personal en los Alpes bávaros; y su némesis, Winston Churchill, descansaba con frecuencia en Chequers, donde a su genio político acompañaban siempre buenos habanos, coñacs antañones.

Si fiel a la escritura electoral, en este gobierno los cambios deberían ser automáticos, como en el carro del presidente. Tiempo es de renovación, de recargar baterías, y no solo las del Tesla del ciudadano Luis Abinader. Se trata de hacer espacio para la reflexión y en la introspección encontrar respuestas a las cuitas personales y complejidades del cargo. Aparcado el mundanal ruido, en el silencio interior se cuece el alimento cuyos nutrientes son indispensables para acometer con éxito el reto que siempre tenemos enfrente. Nada más humano que el descanso, y en ese interregno, encontrarse con la otra dimensión de la libertad.

Quizás la cotidianidad misma nos ha acostumbrado a la libertad como un concepto político. En el apartado de los derechos, la circunscribimos al ejercicio de la ciudadanía y beneficios derivados de vivir en democracia, delegar el poder del colectivo y expresar sin cortapisas verdades y aspiraciones, críticas e inconformidades. Hay otra tanto o más importante: la que descubrimos y recreamos nosotros mismos y que encuentra la aproximación más cercana en las vacaciones y la intimidad de la familia. Por supuesto que un presidente, como bien barrunta Raquel Arbaje, tiene derecho a disfrutar de esta otra libertad.

No es casual que ese concepto de la libertad como ventana a un mundo que es solo nuestro y por tanto disfrutamos en toda su totalidad esté asociada con la niñez, la etapa en que aprendemos a comunicarnos con el exterior y con nosotros mismos. Transita esa aprehensión del yo por una inocencia que libra los descubrimientos de la contaminación o tropiezo con la realidad defraudadora que sobreviene cuando nos percatamos de las flaquezas humanas. No por temprana carece de vitalidad y savia esa brecha por la que se cuelan experiencias sublimes. Asumidas como factores determinantes, habremos aprendido a ser; y en la construcción del yo, a encontrar la paz y el sosiego indisolublemente ligados a la libertad interior.

En el espíritu de las vacaciones subyace el reencuentro con el universo interno de honduras recónditas. En el paseo en bicicleta o en el trajinar por caminos rurales hay una búsqueda de seguro exitosa. Los grandes reptiles, como el cocodrilo, recargan energías cuando emergen del agua y se echan en tierra firme bajo el sol. A otro nivel, obtenemos resultados similares cuando nos dejamos envolver por la naturaleza y en la placidez del paisaje estival, el crepitar de las ramas sobrecargadas desde la primavera y el abandono a la conciencia profunda buscamos el solaz que nos han robado la cotidianidad y el coronavirus.

Para los fanáticos de los viajes a cuya legión pertenezco, contrastar culturas, geografías, paisajes urbanos, tradiciones e historias es pasatiempo que enriquece y convierte los recuerdos en un presente constante e inagotable. Anima ese espíritu inquisitivo que todos llevamos dentro, colocados a voluntad en un aula a la medida en la cual somos alumnos y maestros con nuestras propias reglas y didáctica. Pasatiempo he dicho, y con el término no resto méritos ni importancia a un quehacer espontáneo que nos remonta a las bondades de la multiplicidad humana, a las tantas interpretaciones posibles para un mismo fenómeno y que, en fin, también muestra la grandeza o pequeñez de que estamos investidos. Al comparar y extraer conclusiones, simultáneamente apreciamos en una dimensión más apropiada lo que parecía carente de lógica. Querámoslo o no, estamos marcados por la idiosincrasia, y el punto de partida para entender al otro y lo otro es el yo y sus circunstancias.

Pocos reemplazos hay para el viajar sin prisa, postergar el reloj y obviar el medio más apropiado para llegar a destino en el menor tiempo posible. Sabios los europeos, norteamericanos y cuantos pueblos han incorporado a su cultura ese intervalo en la monotonía del diario vivir. Insisto en cargar a las cuentas del subdesarrollo la irrelevancia que nuestro país confiere a las vacaciones, presente en la conducta de todos nuestros gobernantes, desde Trujillo hasta el presente, para quienes los 365 días del año pertenecen a la jornada laboral. Como periodista al que la profesión retiró hace ya años, me gustaría ser el autor de estos párrafos que ansío fuesen ciertos:

“La portavoz de la presidencia convocó hoy a su despacho a los medios de prensa para informar de que el primer mandatario tomará vacaciones por dos semanas a partir del viernes próximo, acompañado de su familia.

“Una Milagros Germán con alpargatas, vestimenta relajada típica de un vacacionista y un bañador conspicuamente a la vista detrás del escritorio, señaló que en una primera etapa Luis Abinader, Raquel Arbaje y las hijas permanecerán varios días en la propiedad familiar en Casa de Campo. El presidente se propone disfrutar de varias rondas de golf con amigos cercanos fuera del gobierno y les ha advertido que durante la práctica deportiva no hablará de política ni cosas de Estado, indicó la vocera.

“Como cualquier ciudadano, el presidente Abinader tiene derecho a descansar y compartir tiempo de calidad con su familia y esposa, y se ha asegurado de que los asuntos gubernamentales continúen responsablemente bien atendidos”, señaló Germán.

“El único contacto del mandatario con miembro alguno del gabinete será con el canciller Roberto Álvarez, experto en artes marciales, quien se ha comprometido a enseñarle algunas técnicas de defensa personal, se entiende que a sugerencia de la primera dama.

“La vocera presidencial rehusó referirse a los planes de la familia Abinader posteriores a su estancia en Casa de Campo y dejó sin respuesta una pregunta sobre si habría alguna excursión de compras a Miami, aunque se ha especulado que visitarían los distintos polos turísticos del país en apoyo a la recuperación de un sector vital de la economía dominicana.

“Como nota a destacar, sonriente, Milagros Germán refirió que la señora Arbaje ha dado instrucciones precisas de que haya carne de cerdo en abundancia en los refrigeradores de su casa en La Romana”.

A la imaginación le prohibieron irse de vacaciones.

Matiza (Raquel Arbaje) en clave muy personal uno de los mitos de la política dominicana postrujillista. En la liturgia nuestra del poder, los presidentes, ministros y funcionarios de principalía son rehenes a tiempo completo del puesto. Las vacaciones les están vedadas —mucho más en el caso del primer mandatario—, por la realidad ficcional de que la Cosa Pública requiere atención constante y la incombustibilidad del refrán que como advertencia severa regía en los tiempos del conchoprimismo: “el que se va para villa, pierde la silla”

Comentar/Ver Comentarios