Vertebrando el Exilio

Los primeros exilados antitrujillistas surgieron entre figuras prominentes de la Alianza Nacional Progresista, que se retiró de las elecciones del 16 de mayo de 1930, dado el clima de violencia e intimidación contra sus candidatos y partidarios con la abierta intervención del Ejército y bandas paramilitares como la 42 de Miguel Paulino. Y la manipulación de la Junta Central Electoral a favor de la boleta Trujillo-Estrella Ureña. La persecución a los dirigentes de la Alianza tras las votaciones alentó su salida a Puerto Rico, tradicional destino de acogida de nuestro exilio.

Bajo posesión de EEUU desde 1898, su gobernador Theodor Roosevelt Jr., oficial de infantería de marina como su padre -el célebre presidente homónimo-, accedería a los reclamos de Trujillo para mantener vigilados a los exilados, señalados ante la policía por nuestros agentes consulares.

Entre los primeros refugiados políticos figuraron Horacio Vásquez y su vice Alfonseca, el diputado Luis Felipe Mejía y los candidatos aliancistas Federico Velázquez (exvicepresidente de Vásquez, y su hijo Guaroa) y Ángel Morales. El Dr. Leovigildo Cuello, casado con Carolina Mainardi Reyna, sobrina de Virgilio Martínez Reyna –dirigente aliancista asesinado junto a su esposa embarazada en Santiago-, y sus hermanos Virgilio y Rafael.

El Dr. Ramón de Lara, casado con una sobrina de Vásquez y Trina Moya, antiguo director del Hospital Nacional y rector del Instituto Profesional, médico personal de Horacio. De Lara regresaría más tarde y sería involucrado en un complot contra el dictador, por el que guardó prisión. El hijo del combativo general mocano Cipriano Bencosme, Sergio, quien sería en Nueva York una de las primeras víctimas del brazo criminal internacional del dictador en 1935, confundido con Ángel Morales por un sicario pariente de Rubirosa.

Las actividades iniciales de este exilio se encaminaron a influir en Washington, a través del diplomático Sumner Welles, con miras a evitar el reconocimiento del nuevo gobierno Trujillo-Estrella Ureña, bajo los referidos alegatos, más otros de orden legal y constitucional que entendían lo invalidaban. Objetivo frustrado por el rápido visto bueno que le diera el gobierno de Herbert Hoover (1929-33), un ingeniero en minas, empresario y político republicano, cuya política exterior hacia América Latina preconizaba la no intervención. Precursora de la del Buen Vecino que aplicaría hacia la región FDR a partir de 1933 hasta su fallecimiento, durante 4 períodos constitucionales (el último culminado por su vice Harry Truman).

Otras acciones de ese peregrinar pionero se dirigieron a obstaculizar la obtención de nuevos créditos al gobierno de Trujillo, diligenciados con insistencia a raíz de la conjunción de dos factores: el crack financiero de 1929 que inició la llamada Gran Depresión de la economía en EEUU que impactó a sus socios comerciales en el mundo; y los estragos causados por el Ciclón de San Zenón que devastó la ciudad de Santo Domingo el 3 de septiembre de 1930, a días de instalarse el general Trujillo.

Mientras el gobierno enviaba a Roberto Despradel, Fello Vidal y Rafael Brache –ministro en Washington- a diligenciar préstamos en NYC y cabildear en el Departamento de Estado el visto bueno del gobierno de EEUU (requerido por la Convención de 1924). El núcleo de exiliados Morales-Velázquez-Bencosme obstaculizaba con reportes negativos, denunciando la represión, los asesinatos, y los atentados a la prensa independiente, así como el latrocinio de Trujillo y asociados. Indicando la carencia de garantías para un uso idóneo de los fondos y menos para su repago.

Punto éste en el que tuvieron éxito, al desvanecerse pretensiones que montaban a créditos por más de US$ 40 millones, quizá no tanto por el peso de sus argumentos, sino por el razonamiento del Departamento de Estado y otras instancias gubernamentales en cuanto al endeudamiento en sí y el manejo de las finanzas públicas dominicanas. Cuyos ingresos aduanales y el servicio de la deuda externa eran controlados por la Receptoría General de Aduanas bajo dirección americana.

A los esfuerzos de bloqueo crediticio se sumó el exfuncionario consular de Vásquez en NYC, Rafael Ortiz Arzeno –quien fallecería en Puerto Rico en 1952 siendo secretario de organización del PRD en esa isla, a quien Bosch le dedicó hermosos párrafos en Quisqueya Libre, órgano oficial de ese partido.

Siendo un núcleo reducido, estos exiliados compensaban su debilidad al contar entre sus filas con personalidades destacadas, interlocutores acreditados por Washington en el pasado. Como Federico Velázquez, quien negoció la Convención Domínico Americana de 1907, fue ministro de Hacienda y Comercio y de Fomento y Comunicaciones de varios gobiernos, conceptuado proamericano y experto en asuntos financieros. Vicepresidente de Vásquez (1924-30) en la Alianza Nacional Progresista, representando a este último partido, se desligó de ese gobierno al aprobar el Congreso la prolongación por 2 años más del mandato del caudillo mocano. Encabezó en 1930 la renovada boleta aliancista.

De porte elegante, chiva blanca, ojillos inteligentes, calzaba botines. Una verdadera fiera cívica, salido de la escuela hostosiana.

Con buenas conexiones, Velázquez bombardeaba al régimen vía New York Herald Tribune y The New York Times, medios de prensa de la mayor jerarquía en la opinión pública americana. Radicado en San Juan, con intermitencias newyorkinas, este rol cesó con su deceso en 1934, quedando leal a la causa su hijo Guaroa, y al frente de los exiliados en la Isla del Encanto, la figura principalísima del Dr. Leovigildo Cuello.

Su compañero de fórmula electoral en 1930, Ángel Morales, un abogado y político bien formado y tesonero, se desempeñó como ministro (embajador) de Vásquez en Washington desde 1926, enlazando allí nexos privilegiados, en especial con el influyente Sumner Welles. Este diplomático de familia afluente fue el Comisionado Especial que negoció el plan de retiro de las fuerzas de ocupación, la instalación del gobierno provisional de Vicini Burgos y las elecciones de 1924, así como la constituyente que redactó la nueva Carta Magna. Considerado mentor de Morales, éste sería su favorito, figurando en las primeras dos décadas del exilio como presidenciable preferencial en caso de ser derrocado Trujillo.

Mientras los exiliados bregaban en su esfera de acción, en la “caldera del diablo” ya desde junio de 1933 se registraban conspiraciones militares, implicándose al coronel Leoncio Blanco, al mayor Aníbal Vallejo y al general Ramón Vásquez Rivera, quien había sido desvinculado de la jefatura del Ejército por otros motivos.

En 1934 fracasaría en Santiago el complot para asesinar a Trujillo en el Centro de Recreo el 30 de marzo. Origen de un proceso que llevó a los conjurados a la temible cárcel de Nigua: Juan Isidro Jimenes Grullón (autor del libro de denuncia Una Gestapo en América), Ramón Vila Piola, Daniel Ariza, Polín Franco Bidó, Augusto Lora, entre otros. Ángel Miolán, uno de los implicados más jóvenes, evadió la persecución y cruzó hacia Haití, donde había trabajado en una plantación de cacao de su padre. Apresado en Cabo Haitiano fue concentrado en Jeremie, asiento de una pequeña colonia de exiliados, entre ellos Buenaventura Sánchez. Quienes buscarían destinos más amables como Cuba, Puerto Rico, México, New York, Venezuela, ante el acuerdo entre Trujillo y Vincent para mantener clareado de opositores el territorio de la isla a ambos lados de la frontera.

En 1935 se fraguaban planes para atentar contra Trujillo, ya liquidándolo o secuestrándolo y forzar su sustitución. Vinculados a los partidos Nacional, Progresista y Liberal eran referidos. Profesionales como José Selig Hernández, Dr. Eduardo Vicioso, ingeniero Juan de la Cruz Alfonseca, Dr. Ramón de Lara, Dr. Buenaventura Báez Ledesma, Ulises Pichardo, Abigail Delmonte, Manuel Joaquín Santana y el estudiante Rafael Ellis Sánchez, Pupito, quien sería jefe de inteligencia del Consejo de Estado.

El régimen montaría un segundo proceso judicial, acusando de conspirar a empresarios como el italiano Amadeo Barletta, concesionario en Santo Domingo de la General Motors, fabricante de cigarrillos asociado con American Tobacco Co. y cónsul de la Italia de Mussolini. El puertorriqueño Oscar Michelena, hijo de Santiago Michelena, un empresario bancario y azucarero ya entonces fallecido. El español Cochón Calvo, fabricante de rones y licores.

Desde finales de 1933 e inicios de 1934, los exiliados fraguaron planes expedicionarios, animados por la caída de la dictadura de Gerardo Machado en Cuba en agosto de 1933 y la instalación de una junta revolucionaria presidida por Ramón Grau San Martín e integrada por Antonio Guiteras y Fulgencio Batista, que gobernaría cien días. Con la intención de derrocar a Trujillo, unos 300 hombres (dominicanos, cubanos y venezolanos) entrenaron en Mariel, una base de la Marina de Guerra, bajo supervisión de oficiales cubanos como Feliciano Maderne, Jorge Agostini y el ayudante de Batista Jaime Mariné.

Políticamente, el proyecto fue impulsado por Rafael Estrella Ureña -sumado ya al exilio antitrujillista en NYC desde agosto del 31-, su hermano Gustavo, Manuel Alexis Liz, Manuel Calderón Hernández, Ricardo Raposo, Buenaventura Sánchez y Antonio Borrel. Ángel Morales –quien mantenía contactos con un grupo de seguidores en Cuba- respaldó la iniciativa.

Al cambiar en enero de 1934 la configuración encabezada por Grau con Guiteras como brazo revolucionario, y ser sustituida por la combinación Caffery-Mendieta-Batista, presidida por el coronel Mendieta, con fuerte influencia del nuevo embajador americano Caffery, las autoridades decidieron desbandar la operación Mariel. Terminando así frustrado el primer conato expedicionario del exilio antitrujillista, al que seguirían Cayo Confites en 1947 y luego Luperón en 1949. Culminando este formato de lucha armada contra Trujillo fraguado desde el exilio con las expediciones patrióticas de Junio del 59.

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