¿Persecución política?

Santo Domingo

La Procuraduría Especializada en Persecución de la Corrupción Administrativa (PEPCA) mantiene una intensa actividad en torno a los allegados al expresidente Danilo Medina y otros personajes con vínculos directos con los pasados gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), una gestión que ha hecho esgrimir el viejo argumento de “persecución política” como principal arma de defensa por parte del círculo que protege a los imputados.

A los hermanos y cuñados del exmandatario se sumaron el pasado fin de semana su jefe de seguridad, de quien se sospecha encabezó un esquema ilícito de enriquecimiento en conjunto con una pastora evangélica y otro grupo de personas cercanas a ellos.

Mientras Medina mantiene su silencio habitual y sonoro, la reacción oficial del PLD, en voz de su secretario general Charlie Mariotti, fue que “se ve el golpeo sistemático: tratar de matar y desprestigiar la obra de Danilo Medina y, a la vez, esconder su incompetencia”.

En el PLD no hay espacio alguno de aceptación de que pudo haber ocurrido algún acto de corrupción en los altos niveles durante sus 16 años de gobierno. Más bien, la dirigencia del partido morado se atrinchera en el mensaje político adoptado por administraciones acusadas de acciones similares en el resto de América Latina, el de la persecución política.

Me parece que ese proceder no es el correcto para la democracia dominicana, como tampoco lo es que el gobierno de Luis Abinader y el Partido Revolucionario Moderno (PRM) permitan que se derrumbe el caso Odebrecht, donde gente de la suya está metida hasta el fondo y los tiros que salen de allí no son nada halagadores para el Ministerio Público.

El éxito de toda la estrategia anticorrupción del PRM pasa por un éxito rotundo en el caso Odebrecht, pues sus niveles de credibilidad aumentarían hasta las nubes y los dejaría en la posición de poder enfrentar, si las cosas siguen como van, un proceso que logre enjuiciar a alguien del círculo cercano a Medina o, podría ser, que lleguen a atreverse a ir contra el propio exmandatario, una estrategia que sería harina de otro costal.

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