Alimentación y desarrollo sostenible frente al cambio climático

Estos días se desarrolla la Semana del Clima de América Latina y el Caribe, organizada por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, con República Dominicana como país anfitrión. El espacio ofrece una oportunidad única para la reflexión y el llamado a la acción climática de cara al 26° Período de Sesiones de la Conferencia de las Partes (COP26) y a las definiciones sobre el Acuerdo de París.

El cambio climático podría llevar a más de 122 millones de personas, principalmente agricultores, a la pobreza extrema para 2030; aumentar los precios de cereales un 29% de aquí a 2050; y dificultar aún más el acceso al agua que ya afecta al 40% de la población.

Si bien las metas del Acuerdo de París buscan limitar el aumento de la temperatura media mundial por debajo de los 2°C a fin de siglo respecto a niveles preindustriales, esforzándose por no superar los 1,5°C, a la fecha la temperatura ya ha aumentado en 1,1°C.

A los efectos progresivos del cambio climático en el mundo, se suma la crisis del COVID-19 que ha acentuado las vulnerabilidades preexistentes, empeorando la inseguridad alimentaria y los medios de vida agropecuarios.

Para alimentar 9 mil millones de personas al 2050, con un incremento del 70% en la demanda de alimentos, debemos ser capaces de articular la adecuada alimentación y nutrición con el desarrollo de una agricultura sostenible y resiliente.

La FAO viene dando asistencia a una serie de iniciativas que demuestran que esto es posible, y trae múltiples beneficios ambientales, sociales y económicos.

La Reducción de las emisiones debidas a la deforestación y la degradación forestal (REDD+), con medidas de restauración y gestión forestal, han resultado eficaces en cuanto a la mitigación neta de las emisiones de GEI.

La producción ganadera con un nivel de emisiones bajo que se ha impulsado en países como Ecuador y Uruguay, dan cuenta de que es posible reducir las emisiones hasta un 30% mejorando la gestión de la ganadería (sanidad animal y genética), los pastos y los residuos y desechos con fines de generación de biomasa y recuperación de nutrientes.

La recarbonización de los suelos, es decir, aumentar su carbono orgánico, que está siendo impulsado por países como Costa Rica, incluso obteniendo pagos en el marco del financiamiento climático por servicios ambientales, se trata de una de las estrategias más eficaces en función de los costos con fines de mitigación del cambio climático.

Reducir las pérdidas y el desperdicio de alimentos también es clave. En América Latina y el Caribe, se estima una pérdida de 12% de los alimentos desde la cosecha hasta la distribución, lo cual comporta pérdidas económicas de unos 150 mil millones de USD anuales y genera emisiones equivalentes al 16 % de la huella de carbono a escala mundial.

En materia de adaptación al cambio climático, la producción acuícola de especies herbívoras como ostras y mejillones, puede proporcionar alimentos nutritivos con una huella de carbono menor. Asimismo, la producción de plantas acuáticas ayuda a eliminar el exceso de nutrientes en aguas costeras.

También debemos avanzar en acción anticipatoria ante las amenazas, algo crucial para proteger los medios de vida y la seguridad alimentaria. Según el reciente informe de la FAO El impacto de los desastres y las crisis en la agricultura y la seguridad alimentaria, entre el 2008 y el 2018 los productores de los países menos adelantados y de ingresos bajos y medios, absorbieron el 26% del impacto global causado por los desastres de mediana y gran escala.

Los proyectos donde confluyen varios países en materia de acción climática también son fundamentales. Una iniciativa prometedora, donde la FAO y la CEPAL ofician como secretaría, es la Plataforma de Acción Climática en Agricultura de Latinoamérica y El Caribe, PLACA, lanzada en la COP25.

¡República Dominicana ya es parte de PLACA! También Argentina, Bahamas, Brasil, Chile, Costa Rica, Guatemala, México, Perú y Uruguay, son parte y están impulsado la acción climática.

Es fundamental que la transformación hacia una agricultura más sostenible y resiliente incluya innovaciones, legislación e iniciativas que propicien los cambios en cada eslabón de la cadena de producción y en las pautas de consumo.

En esa línea, la recuperación post pandemia presenta una enorme oportunidad para abordar la seguridad alimentaria y nutricional y los impactos del cambio climático, para lograr una economía más sostenible e inclusiva, que permita un futuro con menos riesgo. Deberíamos priorizar políticas “ganar-ganar”, que permitan avanzar simultáneamente en las agendas socioeconómica, ambiental y climática.

Por Rodrigo Castañeda, Representante de la FAO en la República Dominicana

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