Dos años después, un merecido tributo

El día 15 de septiembre secumplirá el segundo aniversario del fallecimiento de don Enrique Armenteros. Para unos, un visionario; para otros, un soñador; para todos los que lo tratamos, un ser humano fuera de serie.

El día 15 de septiembre secumplirá el segundo aniversario del fallecimiento de don Enrique Armenteros. Para unos, un visionario; para otros, un soñador; para todos los que lo tratamos, un ser humano fuera de serie.

Por años se convirtió, según lo describió en su momento monseñor Roque Adames, en Vox Clamantis in Deserto, en una persona convencida del mensaje que predicaba y, aunque su auditorio no lo entendiera o no estuviera en actitud de escucharlo y asumirlo, lo seguía proclamando.

Don Enrique creía firmemente que el medio ambiente y los recursos naturales constituían una de las principales bendiciones de este país, pero también uno de sus principales desafíos, y por eso hizo suya la aguda opinión expuesta y reiterada por el siempre recordado don Rafael Herrera Cabral, quien en sus editoriales del Listín Diario proclamaba que el gobierno tenía el deber y la responsabilidad de colocarlos en el centro de la agenda nacional.

Le preocupaba sobremanera la forma como muchos habían trivializado el tema reduciéndolo a un tópico para la conversación de sobremesa o, simplemente, a un recurso de relaciones públicas para construir una imagen de cierto modernismo o para utilizarlo como un detergente que sirviera para limpiar imagen, sin representar absolutamente nada en términos de conciencia o de responsabilidades.

Don Enrique creía que era necesario conocer y entender la situación en que el país se encontraba y actuar en consecuencia. Su decisión de crear la Fundación Progressio y desarrollar la Finca de Cultivos Tropicales, de fundar en el país los Bosques de la Vida, de promover la creación de la Reserva Científica Ébano Verde y suscribir con el Estado Dominicano un acuerdo para responsabilizarse de su gestión, así como la publicación y difusión de textos de educación ambiental, muestra de forma inequívoca cuál era su enfoque.

Pero también estaba consciente de que no se trata de una responsabilidad individual, sino colectiva, en la que el liderazgo corresponde al Estado, pero de la que ningún ciudadano es ajeno. Por eso sentía la necesidad de difundir y compartir información sobre el tema con la esperanza de que todos hiciéramos propia la necesidad de poner las manos en el trabajo a favor de la naturaleza.

Con el apoyo de Merilio Morel y de Fernando Domínguez promovió a través de la Fundación Progressio la celebración de un encuentro que se celebró en la Universidad Iberoamericana (UNIBE) el 26 de julio de 1989 y que tuvo como eje central el tema Los recursos naturales: decisión y acción. Promovía esta iniciativa convencido de que aún había tiempo para la acción seria y responsable, de que arrancar era impostergable, pero que para hacer algo que tuviera sentido hacían falta conocimiento y voluntad.

En ese evento participaron importantes representantes del liderazgo político nacional de entonces como el doctor José Francisco Peña Gómez, el profesor Juan Bosch, el doctor Marino Vinicio Castillo y el entonces Director General de Foresta en representación del gobierno de turno.

Se buscaba colocarlos frente a la situación y conseguir que presentaran al país su visión sobre ella y su estrategia para ejecutarla. La cuestión central no era simplemente conocer cuánto sabían sobre el tema, sino si tenían la voluntad de actuar y si sabían cómo hacerlo.

Hoy, 33 años más tarde, la actitud y los comportamientos no parecen haber cambiado, a pesar de que la naturaleza ha estado enviando señales cada vez más claras de la urgencia que todo esto representa, de que simplemente el tiempo se ha ido agotando.

El cambio climático, directamente vinculado por los expertos a la acción irresponsable del hombre, ha sido considerado como la causa de incendios sin precedentes, de temperaturas extremadamente altas, de comportamientos sumamente extraños de ríos y arroyos, de terremotos cada vez más intensos y frecuentes, de huracanes cada vez más agresivos, del deshielo masivo que está ocurriendo y contribuye a la subida general del nivel del mar.

De este problema global, la República Dominicana no es ajena. Por eso da seguimiento a las informaciones que de tiempo en tiempo publican organismos competentes como el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) sobre este fenómeno y su impacto, muchas veces irreversible.

La verdad es que el cambio climático nos está afectando y cada día nos va a afectar más, trascendiendo la cotidianidad de si hace calor o no. Representa una amenaza que se advierte en la penetración del mar y la erosión de la costa, lo que incluye la destrucción de zonas agrícolas y turísticas, de viviendas y otras obras civiles; en la salinización de las fuentes de agua dulce, en adición a daños a otros servicios como son el transporte, la energía eléctrica o la comunicación telefónica.

El manejo tan tímido de este tema parece indicar que esa realidad podría afectar a otros, pero no a nosotros, cuando la verdad es otra y sale a relucir cuando se convierte en una crisis. Ejemplos hay de sobra: cuando los ríos se agotan y desaparecen, cuando las aguas caen en exceso y ya no se pueden disimular los daños, cuando los incendios abrasan las montañas, cuando las sequian se vuelven más frecuentes e intensas, cuando enfrentamos la fuerza de huracanes cada vez más frecuentes, cuando descubrimos que las aguas del mar invaden los patios de los hoteles o que el calor se vuelve intolerable. Y, ante todo ello, la percepción colectiva de impotencia, indefensión e imprevisión no puede ser encubierta por el operativo que indefectiblemente la acompaña.

La forma como se aborda el tema del medio ambiente y los recursos naturales, con anuncios grandilocuentes de obras faraónicas, pero con muy escasas realizaciones, le da actualidad al pensamiento de don Enrique, expuesto en el encuentro mencionado anteriormente:

“Durante muchos años hemos estado haciendo caso omiso del tiempo, con nuestras cabezas escondidas en el suelo como el avestruz, pero ya esa actitud debe terminar porque, a causa del proceso de deterioro de la situación, el tiempo que nos queda disponible para encarar el problema es cada día más escaso, y aunque todavía hay tiempo para actuar no hay tiempo para perder. La inacción puede llevarnos al punto en que, lamentablemente, no haya tiempo, se haya hecho tarde.”

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