La impronta de una madre amorosa. In memoriam

Hablar de Chavo, Chavito o Isabelita, como sus contemporáneos le decían de cariño, no es tarea fácil, cuando otros seres queridos que me han precedido han dejado plasmada su inspiración en versos.

Mi papá, su primer y más grande admirador decía que ella fue siempre “la más bella y fragante de las rosas” a quien iban dirigidos todos sus pensamientos “como tierno símbolo de amor porque en su cáliz guarda un alma candorosa y en sus pétalos su perfume embriagador”.

Imagínense pues!! Y agregaba: “Así eres tú, tierna, sutil y delicada/Tan frágil, risueña y cariñosa.../Que quizás un suave pétalo de rosa,/Marchita tu inocencia inmaculada”

Escuchando una y otra vez las anécdotas de su niñez en su pueblo natal, aprendimos a amar a sus adorados padres, “Mare” y “Polín”. De ellos le vino definitivamente su carácter y afán de superación, pues como no tuvieron la posibilidad de estudiar, no escatimaron esfuerzos para que mi madre y sus hermanos aprendieran en los mejores centros de enseñanza de la época.

A Isabelita le tocó asistir al Colegio Inmaculada Concepción de La Vega. A las 2 de la mañana de un día cualquiera de hace ya muchos años, a la edad de 12 años fue separada de su madre y de sus hermanos. Don Polín la montó en un burro, con sus maletas en un árgana y piedras para hacer contrapeso, en la otra, con destino al Cruce de Guayacanes, distante a unos 17 km de Los Hidalgos, donde los esperaría una guagua que pasaba por allí procedente de Montecristi con destino a Santiago. En la ciudad Corazón tomarían otro carrito que los dejaría a las 6 de la tarde en La Vega, para quedar interna en el Colegio a cargo de las monjas franciscanas. Hoy en día este trayecto se hace en menos de dos horas, pero en aquella época les tomaba 16. Ella nos habló tanto de esa linda experiencia educativa que aprendimos a querer con la misma intensidad a todas sus compañeras de estudio y maestras, sin conocerlas.

Bajo la tutela de su madrina, la legendaria Tía Pola, llegó a la Capital a formarse como profesional teniendo por todo haber su agradable y sencilla forma de ser, su hermosura natural y por supuesto su noble alma. Para imaginarla, basta leer algunos versos escritos por mi padre cuando la conoció:

Una tarde, por el jardín de la casa/ Una flor vi que cautivó mi encanto/ Y absorto al contemplarla me quedé/ Al ver en su corola nacarada/ Un rostro tan bello de mujer.

Era su faz de angelical semblante/ Sus lindos ojos de mirar profundo/ De figura gentil, seductora, fascinante/ Su voz.... Incomparable en este mundo....”

Ante tantos galanteos era lógico presumir que pronto se casarían, por lo que su enlace matrimonial no se haría esperar una vez terminados sus estudios de química y farmacia para luego fundar como mujer visionaria y emprendedora su Farmacia Los Hidalgos, que nombró así en honor al pueblo que la vio nacer, en donde atendía personalmente a cada persona con extraordinaria pasión y vocación de servicio, don reconocido por sus actuales propietarios como su principal legado.

La “cacata” o la “bruja del peso” (como Papá le decía porque según él hacía magia para rendir el dinero) tendría cinco hijos, a quienes educó dentro de sus posibilidades con mucho esmero y dedicación; nos hacía leer diariamente a Carreño para aprender buenos modales; no había dinero para lujos, pero sí para cuanto curso o libro quisiéramos, pues el “saber no ocupa lugar”, nos decía.

Particularmente nunca en mi casa me atreví a romper ni un adorno ni nada, pues una frase tan enérgica como: “Si lo rompes, te lo saco de la costilla!!” era sumamente sugestiva como para no querer averiguar cómo se materializaría la recomposición de un florero roto.

Un sinnúmero de refranes populares nos repetía sin cesar, tales como “el dinero es un medio, no un fin”, “amor no quita conocimiento” o “quien bien te quiere, bien te hace llorar” como corolario de cualquier pescozón o enérgica corrección.

Fue muy drástica para que comiéramos. Era muy común escucharla decir: “esto no es un hotel, aquí todo el mundo come lo que hay”. Yo no me imagino hoy día obligando a alguna de mis hijas a ingerir la famosa emulsión de bacalao o una yema de huevo con vino antes de ir al Colegio, que mi madre me obligaba literalmente a tragar cada mañana. Yo diría que Jack Veneno y Relámpago Hernández serían un cuento de hadas frente a esta lucha diaria campal que sosteníamos.... pero lo lograba. Y me costaba abrir bien la boca, porque era peor si la yema se explotaba antes de tragarla. Señores, eso sería catalogado en estos tiempos como crueldad infantil!!!. Pero, hoy la entiendo, cualquier enfermedad en un hogar con 5 muchachos desbalanceaba cualquier presupuesto familiar.

También nos enseñó a manejar las desdichas y tristezas. Es que en su jardín no podían faltar las espinas, por eso aún la más grande de las penas, como aquella de perder a su amado hijo José Alberto en la flor de la juventud. En vez de llenar de odio y resentimiento su corazón ante tan aciago acontecimiento, lo que hizo fue perdonar ipso facto a su matador, predicando así con el ejemplo.

Qué suerte tuvimos de tener por tantos años a una madre abnegada, buena y cariñosa como tú que nos enseñó en el orden espiritual a valorar la necesidad de Dios en nuestras vidas, el amor y respeto a la Iglesia y sus sacerdotes, a anteponer nuestra confianza en la providencia y misericordia de Jesús, a creer en la intercesión de Su madre Santísima, pero sobre todo a perdonar. Y en el plano personal, a vivir digna y humildemente de nuestro trabajo como buenos y respetuosos ciudadanos.

No es que hayas hecho cosas extraordinarias en tu vida terrenal, madre querida, es simplemente que hiciste tan bien y con tanto amor las cosas ordinarias, que no tenemos palabras para agradecerte. Sigue cuidando de todos nosotros desde el cielo, hasta que nos volvamos a encontrar.

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