La mujer como “error de la naturaleza”*

Aristóteles preludia la misoginia que heredarán Oriente y Occidente hasta el día de hoy. En su libro De la generación de los animales eleva a categoría científica el prejuicio contra la mujer al proponer que ésta no es más que un “fallo de la naturaleza’; un “varón disminuido” o “frustrado”.
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Roman de la rose, Museo Condé, Chantilly.

Nuestros países están ennegrecidos de luto por las muertes de mujeres a manos de varones iracundos que quieren someterlas violentamente a sus deseos todopoderosos. Desaprender el trágico rol del varón misógino, que en estos y tantos otros casos ha culminado en la muerte, es muy cuesta arriba. Tenemos grabada a fuego la supuesta “superioridad” del varón sobre la mujer, y para dar marcha atrás a esa creencia implícitamente aceptada es necesario establecer un proceso educativo enérgico que nos permita reconocer esos valores equivocados, para poder quedar libres de ellos.

No será una tarea fácil. Tendremos que renegar de los fundamentos mismos de nuestra civilización, que durante milenios ha dado un respaldo “honroso” a la misoginia. Habremos de confrontar a Aristóteles, a las Escrituras, a la Patrística y la Escolástica, hasta que podamos atemperar sensatamente a los tiempos modernos sus antiguas enseñanzas. Es doloroso, pero nos urge hacerlo. Hay que entrar de veras en el siglo XXI.

Aristóteles preludia la misoginia que heredarán Oriente y Occidente hasta el día de hoy. En su libro De la generación de los animales eleva a categoría científica el prejuicio contra la mujer al proponer que ésta no es más que un “fallo de la naturaleza’; un “varón disminuido” o “frustrado”. Creyó el ilustre filósofo que la concepción de una hembra obedecía a una suerte de “error” que ocurría cuando el cuerpo no generaba calor suficiente para el feto recién fecundado. Santo Tomás se hace eco de estas teorías en su Tratado del matrimonio: quando natura non potest facere masculum, fecit foemina, quae est mas occasionatus: “Cuando la naturaleza no puede hacer un hombre, hace una mujer, que es –traduzco con vergüenza– un macho frustrado”. La tradición cristiana perpetuó la teoría aristotélica de que el varón constituía la norma de la humanidad y la hembra tan sólo una desviación de dicha norma. El judaísmo y el islam, por su parte, mantuvieron la misma posición de privilegio al que el hombre se creía destinado por herencia inmemorial y designio divino. El Génesis (3, 16) ya lo había dejado sentado: “[...] tu marido [...] te dominará”. La mujer, según el Nuevo Testamento, fue creada para beneficio del hombre (1 Cor. XI, 9) y debe estarle sometida (1 Cor. XI, 3; 34) y serle sumisa (Efesios 5:21-24). San Pablo prohíbe a la mujer enseñar en la Iglesia y la obliga a guardar silencio. Confieso que el día de mi boda prohibí al jesuita que nos casó leer los pasajes de san Pablo relativos a la sumisión de la mujer, y mi marido estuvo muy de acuerdo: no todos los hombres son machistas.

La teología tradicional nos dice que, como fue Eva y no Adán quien sucumbió a la tentación, la hembra es una tentadora potencial. (Curiosamente, el Corán enseña que Adán y Eva fueron tentados a la vez.) Tertuliano llega a proponer que, por culpa de la mujer, hasta el Hijo de Dios tuvo que morir. Terrible responsabilidad teológica para el “bello sexo”, no hay duda. Por su belleza, la mujer tienta al hombre, por lo que debía ir velada al templo. Yo misma usé esta mantilla encubridora en mi juventud. Estos velos, como los aun vigentes entre regiones musulmanas conservadoras, muestran que las grandes religiones han temido siempre que la mujer incite al varón a pecar.

Por todo ello, la fémina puede ser “corregida” por el varón. Y “corregida” enérgicamente. El Corán (V, 34) dispone que “a aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestadlas, confinadlas a sus habitaciones, golpeadlas. Si os obedecen, no busquéis pretexto para maltratarlas”. El libro revelado emplea la raíz daraba, que traduce por “golpear” o “pegar”. Lamentablemente, nuestra tradición cristiana ha propiciado esos mismos golpes canónicos a la mujer. Santo Tomás apunta en el Tratado del matrimonio que si la esposa fornica el marido puede castigarla no sólo con el repudio sino también “con palabras y con azotes”: sed etiam verbis et verbere, lee el latín original. El verbo verbere traduce por “azotar, golpear, apalear”, en paralelo con el daraba árabe. Estos golpes teológicamente sancionados se reiteraron por siglos. Leemos en los Penitenciales del medioevo que el esposo tiene autoridad civil y eclesiástica sobre la mujer, y la puede corregir golpeándola. Las golpizas canónicas tuvieron incluso la dudosa fortuna de introducirse en el arte pictórico medieval. Abrimos el Tacuinum sanitatis y observamos la naturalidad con la que se representa la violencia marital: un hombre colérico alza su puño contra una mujer indefensa. El célebre Roman de la rose del siglo XIII incluye otra ilustración en la que el varón agarra a la mujer por los cabellos y la amenaza con un enorme madero.

Tanto el islam como el cristianismo enseñan que peca más la mujer adúltera que el hombre adúltero. Explica santo Tomás que la fémina lleva mayor culpa porque introduce furtivamente en el hogar progenie ajena. A un varón que fornica fuera del matrimonio, en cambio, apenas se le considera adúltero.

Esta permisividad sexual para el varón es cónsona con las concubinas múltiples de los patriarcas bíblicos. Fue notoria la tolerancia teológica para con esta práctica: santo Tomás propone que, como el fin primordial del matrimonio es procrear hijos, la pluralidad de mujeres no contrapone ese fin. San Agustín, por su parte, apunta a la deseabilidad de los concubinatos multitudinarios bíblicos, dado caso que de la estirpe judía habría de nacer el Mesías. Mientras más judíos hubiera, mejor.

Hijo de esta tradición clásica y judeocristiana, Alfonso X el Sabio no se sonroja al dirimir en el código legal de sus Siete Partidas cuáles barraganas convenían a los varones de “grant linaje”. Parecería que leemos el Corán, con su aceptación de un máximo de cuatro esposas para el varón.

Debemos en justicia atemperar estas aseveraciones misóginas al contexto histórico en el que fueron proclamadas. La concientización sobre los males de la esclavitud, el racismo y la misoginia es un hecho moderno. Ni los patriarcas tenían por mal el poseer esclavos ni mancebas ni san Pablo se hubiera considerado “machista”, porque ese concepto no existía en su horizonte cultural. Incluso el pasaje coránico de la pluralidad de las esposas merece contextualización: los escasos sobrevivientes de las guerras de Meca y Medina tomaban numerosas mujeres como concubinas, sin legitimar sus hijos. Mahoma dispone que el varón sólo puede tener un máximo de cuatro esposas, para que las pueda sustentar adecuadamente y reconocerlas legalmente junto a sus hijos. Era una medida temporera de emergencia –irónicamente, a favor de la mujer–, pero como la tradición religiosa fundamentalista hace ley de la letra revelada, la práctica, ya históricamente inoperante, pervive en algunas regiones conservadoras. Lamentablemente, el fundamentalismo religioso es incapaz de acomodar a los tiempos las antiguas enseñanzas de los libros sagrados.

Aclarado este extremo, volvamos a la antigua misoginia que ha desembocado en los trágicos feminicidios recientes. Todavía late solapada bajo la mano criminal la concepción de la mujer como “varón frustrado”, “error de la naturaleza”, culpable de la caída en el Paraíso, tentadora peligrosa que sólo se “corrige” a golpes. O dándole la muerte. Aunque los asesinos no conozcan su propia tradición cultural, ésta gravita larvadamente sobre sus actos homicidas.

Ya dije que deshacernos de un pasado milenario –y, por más, canonizado– es tarea difícil. Pero no imposible: pongamos manos a la obra inmediatamente.

* Columna publicada antes en El Nuevo Día de San Juan, Puerto Rico

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